<?xml version='1.0' encoding='UTF-8'?><?xml-stylesheet href="http://www.blogger.com/styles/atom.css" type="text/css"?><feed xmlns='http://www.w3.org/2005/Atom' xmlns:openSearch='http://a9.com/-/spec/opensearchrss/1.0/' xmlns:georss='http://www.georss.org/georss' xmlns:gd='http://schemas.google.com/g/2005' xmlns:thr='http://purl.org/syndication/thread/1.0'><id>tag:blogger.com,1999:blog-819452701281744</id><updated>2012-02-01T16:39:54.551Z</updated><title type='text'>Caballero Cristiano</title><subtitle type='html'>Blog para aquellos entusiasmados por el ideal de vida del Caballero Cristiano e Hidalgo español.</subtitle><link rel='http://schemas.google.com/g/2005#feed' type='application/atom+xml' href='http://caballerocristiano.blogspot.com/feeds/posts/default'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/819452701281744/posts/default?max-results=100'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://caballerocristiano.blogspot.com/'/><link rel='hub' href='http://pubsubhubbub.appspot.com/'/><author><name>Espada de Roma</name><uri>http://www.blogger.com/profile/04448490275938530117</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='25' height='32' src='http://3.bp.blogspot.com/_Nwz-Rq7ooZk/Sv7heYf5b0I/AAAAAAAAAFs/-KRy3v7Rul4/S220/San+Miguel+Arc%C3%A1ngel.jpg'/></author><generator version='7.00' uri='http://www.blogger.com'>Blogger</generator><openSearch:totalResults>6</openSearch:totalResults><openSearch:startIndex>1</openSearch:startIndex><openSearch:itemsPerPage>100</openSearch:itemsPerPage><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-819452701281744.post-1222200191825977346</id><published>2008-03-01T19:53:00.000Z</published><updated>2008-03-01T19:54:33.246Z</updated><title type='text'>Benedicto XVI escribe sobre Don Quijote</title><content type='html'>&lt;i&gt;&lt;span style="font-size: 10pt; font-family: &amp;quot;Times New Roman&amp;quot;; color: rgb(102, 0, 0);"&gt;&lt;/span&gt;&lt;/i&gt;&lt;span style="font-size: 10pt; font-family: &amp;quot;Times New Roman&amp;quot;; color: rgb(102, 0, 0);"&gt;Madrid. El prolífico Joseph Ratzinger, hoy Papa Benedicto XVI, tuvo tiempo para insertar en su célebre «Teoría de los principios teológicos», editado en España por Herder, una breve reflexión sobre la peculiar locura del Ingenioso Hidalgo cervantino, que nos contempla este año desde su cuarto centenario. Benedicto XVI, que cuenta con más de 70 títulos en su haber literario entre libros, artículos y ensayos, analiza en este texto la «verdad sin afeites» que se oculta tras el manchego universal, entregado «a la defensa de la verdad, la justicia y los más débiles». «Se trata –escribía el entonces cardenal Ratzinger– de la expresión poética que tal vez más perfecta y acabadamente reflejó el drama de la despedida de la Edad Media y la irrupción de la Edad Moderna, y ello a través de la pluma de un autor que se sabía “más versado en desdichas que en versos”: Miguel de Cervantes».&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;b&gt;La verdad desnuda.&lt;/b&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;«Su Don Quijote comienza con una bufonada, con una amarga burla que no es mero producto de la desnuda fantasía o simple diversión literaria», escribe el Papa. «El alegre auto de fe que el cura y el barbero llevan a cabo, en el capítulo 6, con los libros del pobre hidalgo tiene un aire absolutamente real: se echa afuera el mundo medieval y se tapia la puerta de entrada: pertenece ya irremisiblemente al pasado. En la figura de Don Quijote, una nueva era se burla de la anterior. El caballero se ha vuelto loco. Despertando de los sueños de antaño, una nueva generación se enfrenta con la verdad desnuda y sin afeites. En la alegre burla de los primeros capítulos hay algo de eclosión, de la seguridad de sí de una nueva época que olvida los sueños, que ha descubierto la realidad y está orgullosa de ello», reflexiona el Pontífice.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;b&gt;Caballero de virtudes.&lt;/b&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El texto gira ahora hacia un retrato del personaje: «Pero en el curso de la novela, le ocurre al autor algo curioso. Poco a poco, comienza a cobrar afecto al loco caballero. Esto se advierte no sólo en el hecho de que se sintiera molesto por la burla de un plagiador, que convertía al noble loco en vulgar payaso. Tal vez en la contraimagen del falso Don Quijote advirtió plenamente, por vez primera, que su loco tenía un alma noble, que su locura de consagrar su vida a la protección de los débiles y a la defensa de la verdad y la justicia tenía grandeza en sí. Tras la locura, descubre Cervantes la sencillez: “Al caballero pobre no le queda otro camino para mostrar que es caballero sino el de la virtud, siendo afable, bien criado, cortés y comedido y oficioso; no soberbio, no arrogante, no murmurador y, sobre todo, caritativo”. ¡Qué noble locura aquella que hace que Don Quijote elija una profesión en la que “ha de ser casto en los pensamientos, honesto en las palabras, liberal en las obras, valiente en los hechos, sufrido en los trabajos, caritativo con los menesterosos, y finalmente, mantenedor de la verdad, aunque le cuesta la vida el defenderla”! Las locuras insensatas se han convertido en amable espectáculo en el que se hace perceptible un corazón puro», prosigue el texto del Pontífice.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;b&gt;Quemar el pasado&lt;/b&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Llega la hora de la síntesis, en la que Benedicto XVI invita a no perder la memoria histórica: «El núcleo de la locura, que ahora llega al nivel de la conciencia, coincide con el extrañamiento de la bondad en un mundo cuyo realismo se burla, por lo demás, de aquel que acepta la verdad como realidad y que arriesga la vida en su defensa. Aquella altiva seguridad con que Cervantes había quemado los puentes que quedaban a sus espaldas y se había reído del tiempo antiguo se torna ahora en melancolía por lo perdido. No se trata de un retorno al mundo de las novelas de caballería, pero sí de mantenerse despierto para aquello que nunca debe perderse y de ver bien el peligro que amenaza a los hombres cuando, al quemar el pasado, pierden parte de sí mismos», concluye.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;i&gt;&lt;span style="font-size: 10pt; font-family: &amp;quot;Times New Roman&amp;quot;; color: rgb(102, 0, 0);"&gt;Mar Velasco&lt;br /&gt;La Razón&lt;br /&gt;22-06-2005&lt;/span&gt;&lt;/i&gt;&lt;span style="font-size: 10pt; font-family: &amp;quot;Times New Roman&amp;quot;; color: rgb(102, 0, 0);"&gt; &lt;/span&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/819452701281744-1222200191825977346?l=caballerocristiano.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://caballerocristiano.blogspot.com/feeds/1222200191825977346/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=819452701281744&amp;postID=1222200191825977346' title='5 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/819452701281744/posts/default/1222200191825977346'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/819452701281744/posts/default/1222200191825977346'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://caballerocristiano.blogspot.com/2008/03/benedicto-xvi-escribe-sobre-don-quijote.html' title='Benedicto XVI escribe sobre Don Quijote'/><author><name>Espada de Roma</name><uri>http://www.blogger.com/profile/04448490275938530117</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='25' height='32' src='http://3.bp.blogspot.com/_Nwz-Rq7ooZk/Sv7heYf5b0I/AAAAAAAAAFs/-KRy3v7Rul4/S220/San+Miguel+Arc%C3%A1ngel.jpg'/></author><thr:total>5</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-819452701281744.post-680117894390216980</id><published>2008-02-17T12:25:00.001Z</published><updated>2008-02-17T12:31:29.226Z</updated><title type='text'>Sobre el honor y sus cualidades</title><content type='html'>&lt;div style="text-align: justify;"&gt;La primera definición de honor de la RAE es: Cualidad moral que lleva al cumplimiento de los propios deberes respecto del prójimo y de uno mismo. Y por segunda definición tiene: Gloria o buena reputación que sigue a la virtud, al mérito o a las acciones heroicas, la cual trasciende a las familias, personas y acciones mismas de quien se la granjea.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El honor, un código harto olvidado hoy en día, y, sin saber como, repudiado o tomado a la ligera, es tachado porque no es "guay", ni progresista, es tomado, en muchos casos, como algo que debiera ser olvidado, enterrado y sellado para la eternidad.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Sin embargo, la definición explícita de honor nos dice que es algo bastante positivo. Empezando que es una "cualidad moral" (moral, es algo que escasea en la actualidad, la moral, esta siendo sustituida por un morbo irracional. Algunas cosas que antes se considerarían inmorales, hoy en día son normales, como si fuesen algo bueno). Esta cualidad moral, obliga al cumplimiento de los deberes, no solo a demandar nuestros derechos, que también tenemos y debemos defender, sino al cumplimiento de los deberes, especialmente los morales. Esto implica hacer lo correcto, regirse por una actitud correcta, un comportamiento correcto, en general, una vida de rectitud y devoción. No es algo que se consiga de un día para otro, y la vida coloca en situaciones donde es difícil saber que es lo correcto, por eso hay que tener una mente amplia y entrenada. Hay que saber meditar las acciones y medir sus consecuencias, conocer nuestros límites y tratar de romper barreras, siempre, en la dirección correcta. No tomar a la ligera nuestras palabras y nuestras acciones. Una persona de honor, es una persona que es capaz de tener una verdadera paz interior, puesto que no tiene nada de lo que arrepentirse dentro de su ser, puesto que siempre ha guiado su vida por el camino de lo correcto.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El honor no tiene inclinación por ninguna ideología política (como parece que muchos opinan), ni es una broma ni un juego, no es algo desfasado en el tiempo (aunque muchos opinan que es algo muerto y que forma mas parte de la leyenda que de la realidad), sino una forma de llevar la vida, de ver el mundo y de regir nuestras acciones. Una persona de honor, es una persona que cumple su palabra, sea cual sea, que mide sus palabras al milímetro, para además de tener una actitud correcta, no tener que arrepentirse de haber hablado, (el verdadero camino, es el camino sin remordimientos), es una persona que sabe controlarse, que tiene valor y coraje, que es cortés, sabio, que no se duerme en los laureles, que se esfuerza, que lleva la verdad siempre por delante, que no tiene miedo (a nada, ni al fracaso ni a la muerte), que tiene un profundo conocimiento de si mismo y que intenta comprender su entorno. Que no se queja de sus males o se los achaca a otros, que sabe sobrellevar los problemas y que mantiene intacta su dignidad y orgullo. Alguien de honor, que cumple sus deberes respecto del prójimo y de uno mismo, que hace lo que tiene que hacer (lo correcto) tanto con lo demás (le gusten o no esas personas) y consigo mismo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Respecto a la segunda definición de honor, alguien que lleva una vida de honor y correctitud, quiera o no, tarde o temprano, esa vida tiene sus frutos. No se vive con honor por el hecho de querer esos frutos, es algo que surge, quien quiera tener honor por el hecho de esperar sus frutos, nunca los tendrá y nunca tendrá verdadero honor, porque no hace sus acciones por querer llevar un buen camino (y por lo tanto desinteresadamente) sino esperando el reconocimiento de los demás, es probable que no piense bien lo que hace, porque no se orientará hacia lo correcto sino a lo que hará que los demás le consideren alguien de honor, por lo que nunca podrá llevar el verdadero camino de lo correcto y del honor. Estos frutos que surgen del honor son bastantes y bien diferentes, aunque ciertamente en la antigüedad se le daba mucha más importancia al honor que en la actualidad, tampoco hay que ir muy atrás en la historia para ver que los caballeros desaparecieron no hace mucho, aun en 1900 quedaban caballeros, hombres que tenían honor y la tenían en muy alta estima.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La palabra de una persona de honor, en quienes conocen su modo de vida y su actitud, nunca será puesta en duda, se podrá tener una confianza ciega en esa persona y poner la mano en el fuego por ella. Será respetado por los demás (aunque siempre hay charlatanes, envidiosos y aduladores), podrá servir a los demás y a si mismo sin tener miedo cuando haga falta y siempre será bien recibido. La gente que le rodea le tendrá en alta estima y así además da ejemplo. Y alguien que sigue el camino del honor, ni estos frutos, ni miles de frutos más, ni miles de tentaciones deben desviarlo de su camino, y debe evitar a toda costa abandonar el camino de lo correcto.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Cada pequeña acción debe ser meditada sobre su correctitud, hasta la postura al sentarse, la forma de colocar el cuerpo, el apoyarse en donde no se debe. El respeto por los demás, la comprensión de las ideas y formas de vivir de los demás (que no digo aceptación, porque no debe considerarse correcto aceptar ideas o formas de vida que son por naturaleza injustas o van en contra de la dignidad humana), la aceptación de las buenas formas y el rechazo de las malas acciones. Hay que tener un control, tanto sobre nuestro cuerpo como sobre nuestra mente, rechazar las malos pensamientos, tener una mente clara y pensar por nosotros mismos. Cuando se nos plantee una idea que hace que se derrumben las nuestras, no dar el brazo a torcer rápidamente, si en el momento no se nos ocurre ningún planteamiento que defienda nuestra posición, habrá que aceptar la derrota, pero al tener rato libre hay que meditar ampliamente sobre el asunto, y tratar de encontrar lo correcto, si está en nuestra idea o en la nueva que se nos ha planteado, o quizás, en una fusión de ambas. Hay que tener una mente ciertamente entrenada, no dudar nunca sobre nuestras acciones, puesto que si han sido bien meditadas, serán correctas, y por lo tanto, hay que hacerlas sin dudar, hasta el final. Como dije antes rechazar los malos pensamientos, porque dejando que se llene la mente pensamientos incorrectos, será más fácil que empecemos a dejar el camino de lo correcto.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;¿Por qué querer hacer lo correcto? Habrá gente que se pregunte porque ese machaque con hacer lo correcto, si realmente lo divertido es hacer lo incorrecto, saltarse las normas, hacer lo que se quiera, etc. ¿Para que molestarnos en hacer lo correcto? ¿O para que guiar nuestra vida según un código moral o unas normas? Es más fácil dejarnos llevar por las pasiones. Ciertamente vivir sin preocupaciones ni ataduras puede parecer (y sólo parecer) una forma de vida más atractiva que la antes mencionada. Parece más libre, sin tantas ocupaciones ni dificultades. Realmente esto es incorrecto, vivir sin ponerse una serie de normas y de códigos de conducta es ciertamente la forma de vivir atado. Lo primero es explicar el porque de vivir buscando hacer lo correcto. La razón más básica y simple es que vivir buscando hacer lo correcto sirve para mejorarnos a nosotros mismos, actuar con los demás de una forma agradable, o por lo menos, libre de reproche. Y aunque puede haber muchos puntos de vista distintos sobre lo que es correcto o no (porque hay muchas situaciones diferentes y muchas personas diferentes) siempre tenderemos a hacer lo mejor, el bien mejor, al querer hacer lo correcto, obteniendo una sensación de bienestar y paz interior que sería imposible obtener de otra forma. Buscar el camino correcto es buscar el camino de la verdad, es encontrar nuestra paz interior y manifestar esa paz a los demás. ¿Y cómo saber que es lo correcto y que no? Pues hay que pensar y meditar sobre lo que consideramos correcto y que no, sin una (aunque sea breve) meditación no podremos elegir verdaderamente el camino de lo correcto. Vivir sin habernos impuesto una serie de normas morales (y respetándolas) es reinar en un imperio de anarquía. El imperio somos nosotros y las leyes nuestros valores, debemos decidir que esta bien y que no, tampoco decir a todo si o a todo no, hay que hayar nuestra justa medida y buscar razones para esas decisiones. No decidir simplemente porque sí, todo tiene un porque y hay que buscar el porque de nuestro agrado o rechazo hacia las cosas. Vivir enfrascado en el mundo de las pasiones tampoco es algo bueno, pues nos esclaviza y deja un vacío dentro de nosotros. Cuando vivimos disfrutando en exceso (y a veces sin exceso) de los placeres físicos, requerimos de estos para estar bien causando una necesidad, una dependencia. Puede ser una dependencia fácil de cortar o no, (¿quién no conoce a un fumador que no consigue dejarlo?) pero por lo general cuesta dejar las dependencias, sobre todo cuando se necesitan para sentir placer o estar contento. La razón por la que dejan un vacío en nuestro interior es que las drogas (especialmente las que producen un cambio en nuestro estado mental) tras consumir lo suficiente para que hagan un efecto ligeramente fuerte (tener resaca al día siguiente, o simplemente dejarnos contentos (o colocados)) producen un cambio en la gente de despreocupación y desenfreno, comportándose en muchos casos como animales guiados solo por los instintos básicos. Se dicen cosas que no se debieran decir y se esconden tras el hecho de: estaba borracho (o lo que sea que estuviese) y se hacen cosas que normalmente no se harían (y que no se harían por alguna razón). Además normalmente (por no decir siempre) producen malestar general tanto en el cuerpo como en la mente. Realmente es difícil alcanzar una paz interior si embotamos nuestra mente con alcohol y drogas consumiendo nuestras fuerzas de una forma tan fútil y presumiblemente haciendo lo que no se debe hacer en el estado de embriaguez. Y es que el movernos por el mundo de las pasiones nos distrae de nuestros deberes, además de que nos incita a querer siempre más, pues como no nos sacian por completo, siempre querremos más y más, haciendo que nos comportemos como animales, por instinto. Y no sacian por completo, porque no sacian la sed del alma, que es la verdadera sed que sufrimos los mortales. La sed de conocimiento y de comprender el porque de la vida y de nuestra existencia. Las personas que eluden hacerse esas preguntas son débiles y asustadizos. Y las personas que intentan encontrar la felicidad por medio del placer físico, solo consiguen sentirse más desdichados, sino a corto plazo lo harán a largo, porque todos los placeres físicos tienen su contrapartida de dolor.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Y cuando hablo de dependencia a ciertas cosas, veo que la mayor dependencia que sufre todo el mundo, es el supuesto amor. Una palabra que en mi opinión a veces se usa muy a la ligera, sobre todo en los medios de comunicación. En videoclips que dicen la palabra "love" (amor en inglés)y se ve claro, q hablan de todo (o mas bien solo de sexo) pero no de amor. Se habla de amar a una persona cuando realmente todavía no se la conoce bien. Y asocian el mero sexo con amor, vaciando de contenido y esencia una palabra, en principio, tan hermosa. Pero los principales problemas que veo respecto a esto del amor es que primero, se vende la moto de que lo mas importante que hay es encontrar a la persona amada y segundo que la gente confunde amar con necesitar, y pasan de amar a alguien a necesitar de su presencia para vivir bien. No considero que encontrar a una pareja sea lo más importante de la vida ni mucho menos. Encontrar a una persona a la que realmente se ama puede suceder como no suceder, es algo más de suerte que otra cosa... Aunque con la cantidad de personas que hay en el mundo, es difícil que no pase, pero muchas veces, la gente vive esperando que suceda o lo busca con ahínco, y se obligan a creer que esta persona tiene que ser la que busca o la que ama, simplemente, por necesidad (o necedad), por querer tener a alguien, porque las personas no quieren estar solas... ¿Solas? Realmente vamos a estar menos solos con un/a novio/a (o persona que supuestamente amamos)? Mas bien, yo diría, que en la mayoría de los casos, se pasa de estar con muchas personas (amigos, familia), a estar con una única persona mucho tiempo. Se nos limita nuestra compañía a una única persona predilecta, que probablemente no tenga todas las virtudes del mundo (aunque a los enamorados les parezca lo contrario), perdiendo contacto con el resto y limitando tu vida, pensamiento e ideas a un único individuo. Creo que se está más solo así, que de la otra forma. Habría que saber distribuirse adecuadamente el tiempo y tener claro ciertamente si amamos de verdad o "por antojo". Y es que cuando se ama (de verdad o de antojo) si no se tiene cuidado se puede caer en la obsesión y en la necesidad. Obsesión de no dejar de pensar en esa persona y volverla el centro de nuestra existencia, cosa que hay que evitar a toda costa. Y también se da el caso en que las personas tergiversan el sentido del amor, pensando que la otra persona es SU pareja, es SUYA, y confunden amor con posesión, controlando la vida de la otra persona y modificando al individuo a su idea ideal, eliminando asi a la persona original de la que supuestamente estaba enamorado. Y si la pareja encima es tan débil o necesita tanto del otro para dejarse manipular como si fuese arcilla, pierde su orgullo y su significado y la otra persona lo convierte más que en su pareja, en su muñeco. Y así pasa muy a menudo y se modifican unos a otros. Y se limitan la vida y se besan y se dicen que son felices... Dulces mentiras para dormir tranquilos. Hay que tener cuidado si se busca el amor, más vale no buscarlo, sino encontrarlo como quien encuentra una bonita flor por casualidad. Es bueno descubrirla, observarla y admirarla, pero no arrancarla ni llevárnosla a casa, donde se marchitará y perderá su color y belleza.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Sobre nuestros objetivos. Cuando nos marcamos un objetivo en la vida, sea cual sea, si es un objetivo importante para nosotros, debemos poner el máximo empeño y esfuerzo en llevarlo a cabo. Esforzarnos al máximo y durante todo el tiempo necesario para cumplir ese objetivo, sin dudar sobre si lo lograremos o no o flaquear en nuestro ánimo. Simplemente trabajar para lograrlo, centrarnos en el objetivo hasta conseguir nuestra meta. Se puede dar el caso de que nos hayamos planteado una meta demasiado grande o que requiere mas tiempo del que podemos darle, debemos tener preferencias en nuestra vida y ver cuales son las realmente importantes. Aun así, siempre se puede dejar de lado durante un tiempo, hasta que nos podamos ocupar de ella, o si las cosas se tuercen y resulta que no lo podemos conseguir, podemos darle una victoria temporal y esperar el momento oportuno (sin obsesionarnos ni centrarnos en este objetivo ahora imposible de conseguir) hasta que se de una situación favorable para lograrlo. Tener siempre buen talante y humor, asi como fuerza y ánimo. No perder nunca la esperanza y luchar día a día con todas nuestras fuerzas para conseguir lo que queremos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Y retomando el hilo de lo correcto, alguien que desea hacer lo correcto, debe ir siempre con la verdad por delante, conlleve lo que conlleve esto. Mentir implica, a parte de un acto deshonroso, ya que estamos quebrantando la confianza que ponen la gente que cree en nuestras palabras, una serie de problemas posteriores. El mentir hace que tengamos que vivir llevando mentiras a nuestras espaldas, y una sola mentira, para que no sea descubierta, puede hacer que tengamos que mentir más. Como ejercicio de realización imaginativa puede ser interesante, no lo pongo en duda, pero no es la forma correcta de llevar la vida. Se sabe perfectamente lo que implica ser una persona mentirosa, que la gente no tenga confianza en nuestras palabras y siempre se ponga en duda lo que decimos (sea verdad o no). ¿A quién no le contaron nunca la historia de Pedro y el Lobo de pequeño? Y no es no mentir por lo que puede suceder, es por algo moral y ético más básico aún. El hecho de mentir, como ya dije antes, quebranta la confianza de los demás en nosotros, y quebrante nuestra propia confianza en nosotros mismos, hay gente, que termina por creerse sus propias mentiras. Tenemos que ser concisos con la realidad y no intentar ver más allá de lo que simplemente hay. Con esto me refiero, a no montarnos nuestros mundos y batallas en los que las personas tienen siempre segundas intenciones para todo y todas son para hundirme a mi o para aprovecharse de mi, etc. Debemos ser capaces de percibir la realidad tal y como es, que si que pueden existir las segundas intenciones en las acciones de una persona, pero debemos aprender a ver cuando es así y cuando no. Si nos mentimos a nosotros mismos, seremos incapaces de hacer esto. Además, el hecho de llevar siempre la verdad por delante hace que tengamos más claras las cosas y dejarlas más claras a los demás. No creo en las mentiras inocentes o en las piadosas, las cosas son como son y, debemos conocerlas tal y como son, siempre.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Sobre la muerte. La muerte es inevitable. Es el final de la vida y según nuestras creencias, quizás el comienzo de otra nueva, o no. La cosa clara, es que es el final al que estamos ligados, nos guste aceptarlo o no. Y es preciso que lo aceptemos cuanto antes y no temamos morir. El miedo a la muerte es un lastre que no podemos permitir tener. Es un lastre, porque si tememos morir, ese miedo, estará presente en cada de una de nuestras acciones, nuestro excesivo apego a la vida, por el miedo a morir, hará que cometamos muchos actos deshonrosos, y que cuando se precise de coraje y de valor, huyamos con la cola entre las piernas. Y es que temer a la muerte es un acto más bien absurdo, puesto que forma parte de la vida. Es distinto el temer al dolor innecesario o vacío de sentido, el sufrir por sufrir, sin que con ello obtengamos un objetivo, que se nos obligue a sufrir sin sentido. Pero como tarde o temprano, la vida se acabará, debemos aceptarlo y prepararnos para morir, en vez de, huir de la idea y convencernos de que falta mucho para eso y olvidarlo en algún rincón de nuestra mente, para que, cuando aparezca la muerte, nos coja desprevenidos y sin habernos preparado. Por prepararse para la muerte me refiero, a haber meditado acerca de ella, sobre como nos gustaría que fuese nuestro fin, y como afrontaremos ese fin. Como viviremos nuestra vida para que nos podamos sentir contentos con ella hasta el último momento. Si no nos paramos a meditar sobre nuestra muerte, no podremos desarrollar nuestra vida de la forma en que queramos que lo haga. Solamente responderemos a los estímulos del presente según lo que consideremos mejor en ese momento, pero si, tenemos un objetivo final, queremos alcanzar un destino, una forma, un momento, un instante, con el que abandonaremos este mundo orgullosos de nosotros mismos, podremos guiar nuestra vida por el camino de lo correcto y de nuestra propia gloria. Y, quien no teme a la muerte, no teme a nada, porque lo peor que puede pasarnos, es morir, puesto que por el hecho de estar vivos hay esperanza, y con esperanza, todos podemos vivir con un mínimo de felicidad en nuestro interior. Hay que aceptar tanto nuestra muerte como la de los que nos rodean.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Y los que persiguen absurdamente la inmortalidad terrena, o sueñan con ella, son unos necios con un apego excesivo a la vida, pues lo correcto es morir. Ciertamente la inmortalidad no nos otorga la felicidad que podemos creer que da, ni a nosotros ni al resto del mundo. Estamos aquí para desarrollarnos como personas, para aprender y enseñar, y finalmente dejar sitio para las futuras generaciones. Quién desea su vida antes que la de los que han de venir, es un egoísta indigno.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Y cuando se siente abatida nuestra alma por diversas razones que no somos capaces de explicar por completo y no sabemos bien como salir del agujero, hay que mirar dentro de nosotros y descubrir que falla. Pueden haber miles de razones o quizá solo una, pero si estamos mal, es que algo falla, y tenemos que ser capaces de descubrir que es lo que anda mal. Tenemos que ser más capaces aun de saber definir perfectamente cada sentimiento que experimentamos y estar atentos a los motivos que hacen que los tengamos. Debemos vivir siempre en un estado pleno de alerta, tanto de las situaciones externas como las internas, estar vigilantes, para llevarnos menos sorpresas (porque, la vida, siempre nos tiene preparadas sorpresas inevitables) que quizás no sean de todo nuestro agrado. Y si nos cansamos y queremos tirar la toalla, es prudente darse un pequeño descanso, pero volver a retomar el camino y no cesar en nuestro empeño. No rendirse jamás y dejar de lado las lamentaciones y penas. Tomar por distintos caminos o distintas estrategias, elegir el mejor camino para nosotros, habiéndolo meditado concienzudamente antes, pero no abandonarnos a la derrota. Estar siempre dispuestos a sacrificarnos por nuestras ideas y nuestros sueños, y también por las ideas y sueños de las personas que apreciamos, así como por ellos mismos. Respetar a los que ya no volverán y mantener un espíritu esperanzado y fuerte en su marcha. Consolar y animar al débil y al que sufre y recordar su pasada gloria para que no muera en el olvido. Nunca apagar (ni dejar que se apague) la llama de nuestra vida y nuestros sueños. Cada día sentirnos un poco mejor con nosotros y mejorar algún aspecto de nosotros. Todos los días dedicar un poco (o un mucho) de tiempo a meditar. Ser paciente y comedido, comprensivo (pero no manipulable), fuerte (pero no insensible y también flexible para no romperse), saber aconsejar y que los demás puedan tener plena confianza en nosotros. Intentar que nuestra vida sea tal que, sea imposible poder criticar algún rasgo de nuestro comportamiento y/o actitud. Mantener una mente limpia y sin contaminar, mantener inocencia en nuestro corazón a la vez que una mente fría y calculadora. Dominar las pasiones y los sentimientos, no tener dependencias de ningún tipo, ser libres en nuestro interior y cumplidores.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Sentir la vida en cada sorbo de aire. Y, ante todo, ser consecuentes con el tiempo que se nos ha dado.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Pedro Jiménez de León&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/819452701281744-680117894390216980?l=caballerocristiano.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://caballerocristiano.blogspot.com/feeds/680117894390216980/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=819452701281744&amp;postID=680117894390216980' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/819452701281744/posts/default/680117894390216980'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/819452701281744/posts/default/680117894390216980'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://caballerocristiano.blogspot.com/2008/02/sobre-el-honor-y-sus-cualidades.html' title='Sobre el honor y sus cualidades'/><author><name>Espada de Roma</name><uri>http://www.blogger.com/profile/04448490275938530117</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='25' height='32' src='http://3.bp.blogspot.com/_Nwz-Rq7ooZk/Sv7heYf5b0I/AAAAAAAAAFs/-KRy3v7Rul4/S220/San+Miguel+Arc%C3%A1ngel.jpg'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-819452701281744.post-8711671079596802810</id><published>2007-03-24T23:11:00.000Z</published><updated>2007-03-24T23:12:52.113Z</updated><title type='text'>Los jóvenes necesitan ideales</title><content type='html'>&lt;a onblur="try {parent.deselectBloggerImageGracefully();} catch(e) {}" href="http://4.bp.blogspot.com/_Nwz-Rq7ooZk/RgWwZhmeZSI/AAAAAAAAAAw/8DsuY_0Rh9A/s1600-h/400x300_arbol_luminoso.jpg"&gt;&lt;img style="margin: 0px auto 10px; display: block; text-align: center; cursor: pointer;" src="http://4.bp.blogspot.com/_Nwz-Rq7ooZk/RgWwZhmeZSI/AAAAAAAAAAw/8DsuY_0Rh9A/s320/400x300_arbol_luminoso.jpg" alt="" id="BLOGGER_PHOTO_ID_5045632910101472546" border="0" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Avila, al igual que cualquier otra ciudad de España o de Europa, nos ofrece la estampa de una muchachada que en los fines de semana, se divierte de noche y duerme de día .&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La cultura del ocio juvenil ha quedado asociada a lo que se conoce con el nombre de movida. Todo trascurre de la forma más natural del mundo. Jóvenes y jóvenas entre los 15 y los 30 acuden con inquebrantable fidelidad a la cita que tiene lugar en sitios estratégicos, para juntos aguantar despiertos las horas de una larga noche pasada por alcohol.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Se trata de un singular hábito de comportamiento juvenil, que los nuevos tiempos nos han traído, y que sin duda hubiera resultado impensable para nuestros abuelos, sobre todo para ellas. ¿Se imaginan a nuestras abuelas de marcha toda la noche , callejeando con una botella de ron entre las manos?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Las cosa a primera vista pudiera resultar aburrida pero hay quien asegura que se lo pasa bomba. De cualquier modo esto es lo que hay y también lo que mejor define el mundo lúdico de nuestros jóvenes, que dan muestras de sentirse a gusto con lo que son y satisfechos con lo que tienen.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;En el fondo son unos sujetos resignados, que se conforman con el " vive y deja vivir". Su filosofía se acomoda a las exigencias de un elemental existencialismo vitalista aderezado con algunos gramos de cinismo práctico. Disfruta del momento presente ahora que puedes, vive de prisa y a tope hasta que el cuerpo aguante, porque ya tendrás tiempo de descansar cuando te mueras. Está claro que los jóvenes de hoy han decidido quedarse con un presente que les hemos regalado, renunciando a un futuro que se le hemos puesto bastante difícil.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Si he de decir verdad , yo, que entre ellos he pasado mi vida, siento tristeza de que las cosas tengan que ser así, porque entiendo que un joven tiene el derecho y la obligación de ser joven y de serlo de la única manera posible, que no es otra, que la de ir proyectando la mirada hacia el futuro , con el corazón repleto de ilusiones y de ideales , de sueños y de esperanzas. No entiendo como se puede ser joven sin tener como horizonte un mañana cargado de promesas. Me pregunto también que ha tenido que pasar en su interior para que no aparezca por ninguna parte ese inconformismo social que les es connatural.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Quiero pensar que más que culpables son víctimas de unos tiempos en los que no son tomadas en serio las utopías y se paga caro no aceptar unas reglas del juego inspiradas en el interés y el egoísmo. Seguramente es difícil poder ser joven en una sociedad como la nuestra , pero aún con todo es una obligación intentarlo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Para recuperar la juventud que se les ha robado , los jóvenes deberían saber que han de comenzar siendo exigentes consigo mismo y serlo también con una sociedad enferma, que está dando muestras inequívocas de decadencia moral, deberían aprender a asumir el papel de críticos constructivos, dispuestos siempre a luchar y correr los riesgos que sean necesarios por mejorar las cosas. De nada sirve la edad si se carece de ideales. Uno se puede morir de viejo sin haber llegado a ser joven y esto sucede cuando nunca se ha sentido la pasión por algo. Como he leído en alguna parte, son las arrugas del alma las que nos hacen viejos y no las de la cara.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El joven que siente la necesidad de ser y de vivir como lo que es, acabará haciendo suyas las grandes causas de la juventud, los miedos a quedarse a solas consigo mismo irán desapareciendo y ya no tendrá ninguna necesidad de buscar refugio en el ruido, el alcohol, las pastillas o el amor fácil de fin de semana .&lt;br /&gt;·- ·-· -··· ·· ·-··&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Ángel Gutiérrez Sanz.&lt;br /&gt;Fuente: &lt;a href="http://www.arbil.org/"&gt;www.arbil.org&lt;/a&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/819452701281744-8711671079596802810?l=caballerocristiano.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://caballerocristiano.blogspot.com/feeds/8711671079596802810/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=819452701281744&amp;postID=8711671079596802810' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/819452701281744/posts/default/8711671079596802810'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/819452701281744/posts/default/8711671079596802810'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://caballerocristiano.blogspot.com/2007/03/los-jvenes-necesitan-ideales.html' title='Los jóvenes necesitan ideales'/><author><name>Espada de Roma</name><uri>http://www.blogger.com/profile/04448490275938530117</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='25' height='32' src='http://3.bp.blogspot.com/_Nwz-Rq7ooZk/Sv7heYf5b0I/AAAAAAAAAFs/-KRy3v7Rul4/S220/San+Miguel+Arc%C3%A1ngel.jpg'/></author><media:thumbnail xmlns:media='http://search.yahoo.com/mrss/' url='http://4.bp.blogspot.com/_Nwz-Rq7ooZk/RgWwZhmeZSI/AAAAAAAAAAw/8DsuY_0Rh9A/s72-c/400x300_arbol_luminoso.jpg' height='72' width='72'/><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-819452701281744.post-8384642626549501547</id><published>2007-03-22T21:36:00.000Z</published><updated>2007-03-22T21:42:11.823Z</updated><title type='text'>El final cristiano del Caballero</title><content type='html'>&lt;a onblur="try {parent.deselectBloggerImageGracefully();} catch(e) {}" href="http://1.bp.blogspot.com/_Nwz-Rq7ooZk/RgL35hmeZRI/AAAAAAAAAAo/N0drz1drpQ8/s1600-h/sanjorge2.jpg"&gt;&lt;img style="margin: 0px auto 10px; display: block; text-align: center; cursor: pointer;" src="http://1.bp.blogspot.com/_Nwz-Rq7ooZk/RgL35hmeZRI/AAAAAAAAAAo/N0drz1drpQ8/s320/sanjorge2.jpg" alt="" id="BLOGGER_PHOTO_ID_5044867100252726546" border="0" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;br /&gt;&lt;div style="text-align: center;"&gt;&lt;span style="font-family:Arial;font-size:85%;"&gt;&lt;em&gt;&lt;strong&gt;&lt;/strong&gt;&lt;/em&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:Arial;font-size:85%;"&gt;&lt;em&gt;&lt;strong&gt;&lt;/strong&gt;&lt;/em&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;span style="font-family:Arial;font-size:85%;"&gt;&lt;em&gt;&lt;strong&gt;El conquistador español en América es el caballero por antonomasia. En rigor, nada lo diferencia del caballero de la Reconquista que combate para recuperar España para los españoles y la Cristiandad. Por ello nos referiremos en forma indistinta al caballero o al conquistador pues son y representan una misma realidad. Del mismo modo, evitaremos hacer mención de la tan remanida cuestión del antitestimonio que muchos españoles ejercieron en su peregrinar indiano. Y esto no porque neguemos su existencia (algo difícil de hacer toda vez que los enemigos de la gesta hispana, en su atropellada deformación, no nos permitirían olvidarlo) sino porque aquí nos interesa hablar del verdadero caballero. El otro, el del mal ejemplo y peor vida, no es caballero ni conquistador sino mal cristiano y, por tanto, no resulta materia de este sencillo escrito. Una vez aclarado esto hemos de buscar en la fisonomía espiritual del caballero la idea de la muerte que éste tiene.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Dice García Morente que el caballero desprecia la muerte, repulsa ésta que no "procede ni de fatalismo, ni de abatimiento o embotamiento fisiológico, sino de firme convicción religiosa; según la cual el caballero cristiano considera la breve vida del mundo como efímero y deleznable tránsito a la vida eterna. (1)&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;"La muerte - ha dicho Guardini en su día - no es lo que proclama toda esa macabra charlatanería: el camino pasa a través de ella"(2). Y eso es lo que se enciende en la conciencia cristiana del caballero español al comprender que la vida es el peregrinar hacia la Vida y que la muerte propia (sea ofrendada en la España reconquistada, en la América idolátrica o en el Flandes herético) debe ser acelerada para hacerse acreedor del premio celestial.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;No se obsesiona con la muerte el caballero pues sólo lo desvela la vida henchida de honor y lealtad a las veras jerarquías. La muerte en sí misma, la mera finalización de la existencia biológica, le tiene sin cuidado como bellamente nos lo refiere Ercilla:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Bien descuidado duerme cada uno&lt;br /&gt;De la cercana inexorable muerte&lt;br /&gt;Cierta señal que cerca della estamos&lt;br /&gt;Cuando más apartados nos juzgamos. (3)&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Pero el sentido caballeresco de la muerte, estrictamente cristiano, no sólo remite a la muerte propia sino también a la que se propicia al enemigo. El problema de la muerte del enemigo, más moderno que medieval, es explicado con rigor diamantino por San Bernardo quien en su célebre De laude novae militiae aclara las dudas acerca de la justicia del que mata y muere por la causa de Cristo. Así, "la muerte que se da o recibe por amor de Jesucristo, muy lejos de ser criminal es digna de mucha gloria. Por una parte se hace una ganancia para Jesucristo, por otra es Jesucristo mismo el que se adquiere; porque este recibe gustoso la muerte de su enemigo en desagravio suyo y se da más gustoso todavía a su fiel soldado para su consuelo. Así el soldado de Jesucristo mata seguro a su enemigo y muere con mayor seguridad. Si muere a sí se hace el bien; si mata lo hace a Jesucristo, porque no lleva en vano a su mano la espada, pues es ministro de Dios para hacer venganza sobre los malos y defender la virtud de los buenos". (4)&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Mas el caballero sabe que el quitar la vida del enemigo conlleva siempre el dar la propia en beneficio de aquellos que de él dependen. Por ello es capaz de hacerse matar por una viuda violentada, por un huérfano desvalido o por la prole del propio enemigo en la certeza de que la defensa de los débiles es la insignia primera de su pendón. Así, el caballero mata y muere por el prójimo en peligro. Porque el Nuevo Mundo, en función de conquista, fue, al decir de Jaime Eyzaguirre "campo de choque que permitió el reajuste de todas las jerarquías tradicionales para consagrar, por sobre las viejas y doradas cunas, el mérito de los audaces."(5)&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El caballero siente desprecio por la muerte porque se siente ciudadano del cielo, como ha dicho el aguerrido Apóstol que fue San Pablo. Y si no le teme al violento final en la batalla es porque sabe que la celestial ciudadanía sólo se consigue en la plenitud de una vida honrosa, en la dócil aceptación de la voluntad divina y en la sangre vertida por Dios y la Patria. Por ello, el final del conquistador es siempre cristiano porque, luego de la vela y antes del combate, ha recibido a Jesús sacramentado y siente en su alma un pedazo de cielo y lleva en su corazón el germen de la vida eterna. Por eso sabemos, con García Morente, que el caballero español es un "impaciente de la eternidad".&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;En ese sentido la muerte del caballero es análoga a la del misionero que se sabe conciudadano de la gloria por el mérito del martirio. Y por ello el Obispo Zumárraga exhortaba a sus misionales caballeros con una sencilla súplica: "Id alegre, hermano mío, pues vais por camino tan trillado por donde han ydo cuantos han nacido; ya aún en la compañía hallareys al Hijo de Dios con su sagrada Madre." (6)&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Sin duda la cuestión del fin cristiano del conquistador es una de las más importantes para reconocer las manifestaciones de la fe presentes en el Nuevo Mundo. Y es que en el fin terreno del hombre (el gran tema de ayer, de hoy y de siempre), a pesar de las variantes temporales, hay una unidad general de enfoque que hace aquilatar la profundidad de las convicciones y la madurez de la fe.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Conocido es el cristiano fin de Pizarro, quien muere crudelísimamente y tiene tiempo de perdonar a sus asesinos, hacer profesión de fe y lucidez necesaria para realizar todo esto en forma solemne. "Pocas escenas más dramáticas que la agonía del marqués caído, haciendo una gran cruz con su mano derecha, poniendo la boca sobre ella y besándola hasta expirar." He allí la muerte del caballero que comienza por ser santo porque se reconoce pecador y porque él es el hombre a quien, como dice nuestro Anzoátegui, "le interesa demasiado la vida para renunciar a pecar y el hombre a quien le interesa demasiado la muerte para renunciar a salvarse."(7)&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;No se trata, es menester aclararlo, de jugarse temerariamente la vida o de llegar a la muerte casi mediante el suicidio. Ciertamente se busca la gloria de una buena muerte pero no entregar la vida en una inmolación temeraria rayana con el nihilismo. Se combatía, nos dice Ercilla, con "ánimo feroz y, matando, la muerte se dilataba."(8)&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La meta de todos los caballeros - dice Sáenz – debía ser según los viejos poemas francos conquerre lit en paradis. Esos rudos hombres de guerra, que había galopado por tantos caminos, sufrido la inclemencia de tantos climas, dormido tantas veces al raso, y pasado tantos días sin poder casi quitarse las armas, se hacía una idea ingenua de la beatitud eterna: ‘el reposo es una buena cama’. No será muy teológico pero era una imagen esperanzadora." (9)&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Esta imagen de la muerte cristiana contrasta con lo que denota la muerte del indígena infiel que, aún por medio de una valiente pelea, termina sus días sin aceptar la verdadera Fe. Por caso vale recordar al cacique araucano Lautaro que, a pesar de afrontar la muerte con hombría y entereza de ánimo, pierde la salvación eterna al negar a Cristo y hace que su "alma, del mortal cuerpo desatada, baje furiosa a la infernal morada."&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Pero, si de contrastes se trata, ha de decirse que mucho más se diferencia la muerte del caballero del pavor que ella le ocasiona al hombre contemporáneo. Y es que a la conciencia moderna, negadora de lo trascendente y desacralizada, la muerte le sabe a fin absoluto, a término irrevocable, más que a paso a la vida eterna. Es lo que señalaba aquél hidalgo español respondiendo a los rojos que hacían sangrar a España: "Yo tenía diez hijos. La mayor, que era toda mi ilusión, ha muerto. Pero yo espero verla el día de la Resurrección de la Carne. Yo no hago otra cosa que esperar. Pero cuando veo que vuestra doctrina enseña que, entre los restos de mi hija muerta que aguarda la Resurrección de la Carne y los de la carroña de un buey, no hay ninguna diferencia, yo os digo: mientras haya hijos que mueran y padres que esperan se rebelaran contra vosotros."&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Así como el caballero de antaño no le temía a la muerte sino a la vida deshonrosa, manchada por la tristeza de la traición, la cobardía o la pérdida del decoro; el hombre de hoy pierde honra, traiciona y se acobarda con tal de defender una vida que sólo parodia el esforzado peregrinar que el Señor nos señala. Hoy se prefiere, en suma, vivir a toda costa, aún perdiendo las razones de vivir.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Pero el verdadero cristiano, el cristiano del Evangelio como decía el P. Emmanuel, sabe con el justo Job que "milicia es la vida del hombre sobre la tierra" y que de nada vale vivir si se muere en la cobardía a cada paso. Porque el caballero católico de hoy, igual que el de ayer, se niega a ese "frenesí pacifista" que se ha apoderado del cristiano medio al que "ya no se le escuchará mentar siquiera la obligación del Buen Combate" y que, sobreviviendo en "un desordenado afecto por la propia vida (...) ha terminado colocando a la subsistencia como valor supremo. (10)&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La vida, si es vivida Dios manda, no puede ser más que tránsito hacia la eternidad. Por eso al caballero cristiano, al de antaño y al de hogaño, le cabe a la perfección aquello del Apóstol de los Gentiles: "Pues si vivimos, para el Señor vivimos; y si morimos, morimos para el Señor. En fin, sea que vivamos, sea que muramos, del Señor somos" (Rom. 14,8; Flp. 1,20)&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;·- ·-· -··· ···-·&lt;br /&gt;Sebastián Sánchez&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Fuente: &lt;a href="http://www.arbil.org/"&gt;www.arbil.org&lt;/a&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Notas&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;(1).- Manuel GARCÍA MORENTE: Idea de la Hispanidad, Madrid, Espasa Calpe, 1961, p.65&lt;br /&gt;(2).- Romano GUARDINI: La aceptación de sí mismo. Las edades de la vida, Buenos Aires, Lumen, 1994, p. 32.&lt;br /&gt;(3).- Alonso de ERCILLA Y ZUÑIGA: La Araucana, México, Porrúa, Libro I , Canto XIV&lt;br /&gt;(4).- Citado por Gabriel GUARDA: Los laicos en la cristianización de América, Santiago, Nueva Universidad, 1973, p. 183.&lt;br /&gt;(5).- Jaime EYZAGUIRRE: Hispanoamérica del dolor y otros estudios, Madrid, ICI, 1979, pp. 49-50.&lt;br /&gt;(6).- Joaquín GARCÍA ICAZBALCETA: Fray Juan de Zumárraga. Primer Obispo y Arzobispo de México, Buenos Aires, Espasa Calpe, 1952, p. 39.&lt;br /&gt;(7).- Ignacio B. ANZOÁTEGUI: "Mendoza o el héroe", en: Tres ensayos españoles, Buenos Aires, Nueva Hispanidad, 2001, p. 9.&lt;br /&gt;(8).- Alonso de ERCILLA Y ZUÑIGA: La Araucana, México, Porrúa, Libro II, Canto XXII.&lt;br /&gt;(9).- Alfredo SÁENZ Sj: La caballería. La fuerza armada al servicio de la verdad desarmada, Buenos Aires, Gladius, 1991, p.175-176.&lt;br /&gt;(10).- Antonio CAPONNETTO: El deber cristiano de la lucha, Buenos Aires, Scholastica, 1992, p.21.&lt;br /&gt;&lt;/strong&gt;&lt;/em&gt;&lt;/span&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/819452701281744-8384642626549501547?l=caballerocristiano.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://caballerocristiano.blogspot.com/feeds/8384642626549501547/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=819452701281744&amp;postID=8384642626549501547' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/819452701281744/posts/default/8384642626549501547'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/819452701281744/posts/default/8384642626549501547'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://caballerocristiano.blogspot.com/2007/03/el-final-cristiano-del-caballero.html' title='El final cristiano del Caballero'/><author><name>Espada de Roma</name><uri>http://www.blogger.com/profile/04448490275938530117</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='25' height='32' src='http://3.bp.blogspot.com/_Nwz-Rq7ooZk/Sv7heYf5b0I/AAAAAAAAAFs/-KRy3v7Rul4/S220/San+Miguel+Arc%C3%A1ngel.jpg'/></author><media:thumbnail xmlns:media='http://search.yahoo.com/mrss/' url='http://1.bp.blogspot.com/_Nwz-Rq7ooZk/RgL35hmeZRI/AAAAAAAAAAo/N0drz1drpQ8/s72-c/sanjorge2.jpg' height='72' width='72'/><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-819452701281744.post-8507984077335675963</id><published>2007-03-16T12:29:00.000Z</published><updated>2007-03-16T16:16:43.031Z</updated><title type='text'>Don Quijote, El Alma del Caballero Hispánico de Cesáreo Jarabo Jordán</title><content type='html'>&lt;span style="font-size:100%;"&gt;&lt;a onblur="try {parent.deselectBloggerImageGracefully();} catch(e) {}" href="http://1.bp.blogspot.com/_Nwz-Rq7ooZk/RfqPPpS2rhI/AAAAAAAAAAU/Bc2QlYOnpKQ/s1600-h/quijote.jpg"&gt;&lt;img style="margin: 0px auto 10px; display: block; text-align: center; cursor: pointer;" src="http://1.bp.blogspot.com/_Nwz-Rq7ooZk/RfqPPpS2rhI/AAAAAAAAAAU/Bc2QlYOnpKQ/s320/quijote.jpg" alt="" id="BLOGGER_PHOTO_ID_5042500231740435986" border="0" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;br /&gt;&lt;/span&gt; &lt;p  style="text-align: center;font-family:trebuchet ms;" class="MsoNormal"&gt;&lt;span style="font-size:100%;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;p  style="text-align: justify;font-family:trebuchet ms;" class="MsoNormal"&gt;&lt;span style="font-size:100%;"&gt;Hace mucho tiempo que se viene hablando de Don Quijote, incluso antes de que D. Miguel de Cervantes tuviese la genial inspiración de transcribir a papel la&lt;span style=""&gt;  &lt;/span&gt;historia del mismo.&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;p  style="text-align: justify;font-family:trebuchet ms;" class="MsoNormal"&gt;&lt;span style="font-size:100%;"&gt;No es tema baladí tratar del Ingenioso Hidalgo, y el hacerlo me obliga a poner en un manifiesto segundo término al autor que más fama a tomado a su costa: D. Miguel de Cervantes.&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;p  style="text-align: justify;font-family:trebuchet ms;" class="MsoNormal"&gt;&lt;span style="font-size:100%;"&gt;Es necesario hablar de D. Miguel, pero sólo como introducción. Y es que Don Miguel y D. Alonso, tan sólo son conocidos; ni tan siquiera amigos.&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;p  style="text-align: justify;font-family:trebuchet ms;" class="MsoNormal"&gt;&lt;span style="font-size:100%;"&gt;Otro D. Miguel, D. Miguel de Unamuno, entendió el alma de Don Quijote y trató en múltiples ocasiones del caballero hispánico por excelencia. Le dedicó enjundiosos artículos, que lo llevaron desde el “muera Don Quijote” escrito en los peores momentos padecidos por España en vida de Don Miguel (el artículo fue escrito en Junio de 1898), hasta un amplio y documentado estudio que publicó bajo el título de “Vida de Don Quijote y Sancho”.&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;p  style="text-align: justify;font-family:trebuchet ms;" class="MsoNormal"&gt;&lt;span style="font-size:100%;"&gt;Si los grandes pensadores españoles han dedicado tiempo y esfuerzo a la comprensión de todas las facetas de nuestro generoso caballero, (ahí está Ortega y Gasset, Juan Valera, Revilla, Pereda, Menendez Pelayo, Ramiro de Maeztu…), por citar algunos, , Unamuno llega más allá; hasta el extremo de llegar a afirmar del otro D. Miguel, Don Miguel de Cervantes, que si fue capaz de escribir semejante obra fue debido a una “GENIAL INSPIRACIÓN INCONSCIENTE QUE JAMÁS VOLVIÓ A CONOCER Y, SI COMO PADRE ENGENDRÓ A DON QUIJOTE, ESTE TIENE MÁS DE SU MADRE, EL PUEBLO ESPAÑOL”&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;p  style="text-align: justify;font-family:trebuchet ms;" class="MsoNormal"&gt;&lt;span style="font-size:100%;"&gt;Unamuno afirma que Cervantes está incapacitado para conocer el alma del genial hidalgo; que la obra en sí supera ampliamente a quién la escribió, y que cuando comenta algo de D. Quijote lo hace para DECIR ALGUNA IMPERTINENCIA O PARA JUZGAR MALÉVOLAMENTE A SU HÉROE.&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;p  style="text-align: justify;font-family:trebuchet ms;" class="MsoNormal"&gt;&lt;span style="font-size:100%;"&gt;Y personalmente creo que esa afirmación es rigurosamente cierta. &lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;p  style="text-align: justify;font-family:trebuchet ms;" class="MsoNormal"&gt;&lt;span style="font-size:100%;"&gt;Yo, como D. Miguel de Unamuno, me declaro abiertamente quijotista, y no cervantista. No por un intelectualismo del que carezco, sino por una declarada afinidad a las formas y a los pensamientos del genial hidalgo.&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;p  style="text-align: justify;font-family:trebuchet ms;" class="MsoNormal"&gt;&lt;span style="font-size:100%;"&gt;D. Quijote, lejos de ser un personaje de novela, es un personaje histórico; repito; es un personaje histórico, al tiempo que vivo; un personaje que existía en tiempos de la Reconquista; en tiempos de la Conquista de América… y por supuesto hoy, si bien&lt;span style=""&gt;  &lt;/span&gt;enclaustrado por las artimañanas del barbero, del cura, de la sobrina, del aya y del bachiller Sansón Carrasco.&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;p  style="text-align: justify;font-family:trebuchet ms;" class="MsoNormal"&gt;&lt;span style="font-size:100%;"&gt;Pero Cervantes no escribió la genial obra filosófica, que no novela, por genial inspiración, como afirma Unamuno, sino por algo más.&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;p  style="text-align: justify;font-family:trebuchet ms;" class="MsoNormal"&gt;&lt;span style="font-size:100%;"&gt;El motivo de tal afirmación requiere un arduo estudio, que por el momento no está terminado, y que personalmente me extraña que pasase desapercibido ante una mente tan preclara como la de D. Miguel de Unamuno o de lo los otros quijotistas y cervantistas que han sido y son.&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;p  style="text-align: justify;font-family:trebuchet ms;" class="MsoNormal"&gt;&lt;span style="font-size:100%;"&gt;Me extraña profundamente que Unamuno pasase por alto un asunto que parece baladí y que, aunque todavía por demostrar, me hace defender la tesis de que Cervantes escribió D. Quijote de la Mancha como argumento dirigido contra Hernán Cortés.&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;p  style="text-align: justify;font-family:trebuchet ms;" class="MsoNormal"&gt;&lt;span style="font-size:100%;"&gt;Una afirmación que en principio parece peregrina, ya que ambas personalidades no coinciden en la Historia, puesto que Hernán Cortés murió en Castilleja de la Cuesta en 1547, el mismo año que nacía Miguel de Cervantes en Alcalá de Henares&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;p  style="text-align: justify;font-family:trebuchet ms;" class="MsoNormal"&gt;&lt;span style="font-size:100%;"&gt;Entonces, ¿Qué me induce a proferir tal afirmación?&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;p  style="text-align: justify;font-family:trebuchet ms;" class="MsoNormal"&gt;&lt;span style="font-size:100%;"&gt;La dedicatoria de la obra, al Duque de Béjar, marqués de Gibraleón, conde de Benalcázar y Bañeres, Vizconde de la Puebla de Alcocer, Señor de las villas de Capilla, Curiel y Burguillos.&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;p  style="text-align: justify;font-family:trebuchet ms;" class="MsoNormal"&gt;&lt;span style="font-size:100%;"&gt;Pero, ¿quién el era el Duque de Béjar?&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;p  style="text-align: justify;font-family:trebuchet ms;" class="MsoNormal"&gt;&lt;span style="font-size:100%;"&gt;El protector de Cervantes, cierto. Pero ¿Tiene alguna influencia en el hecho de que Cervantes escribiese tan genial obra?&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;p  style="text-align: justify;font-family:trebuchet ms;" class="MsoNormal"&gt;&lt;span style="font-size:100%;"&gt;No puedo decir que tal afirmación tenga, hoy por hoy, una base científica, pero bastantes coincidencias hacen señalar que es así.&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;p  style="text-align: justify;font-family:trebuchet ms;" class="MsoNormal"&gt;&lt;span style="font-size:100%;"&gt;El Duque de Béjar, reconocido como amigo incondicional de Hernán Cortés, que llegó a defender al héroe en los momentos más difíciles de enfrentamiento con distintos y poderosos partidarios de Diego Velazquez, no parece estar alejado del fondo de la cuestión.&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;p  style="text-align: justify;font-family:trebuchet ms;" class="MsoNormal"&gt;&lt;span style="font-size:100%;"&gt;También el que fuera gobernador de Cuba cuando Hernán Cortés marchó a la conquista de México, Diego Velázquez, pasó de ser íntimo de Hernán Cortés a ser enemigo mortal del mismo.&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;p  style="text-align: justify;font-family:trebuchet ms;" class="MsoNormal"&gt;&lt;span style="font-size:100%;"&gt;También es cierto que en el puñado de soldados españoles que acometieron la Conquista de México, había al menos uno apellidado de Stúñiga, o Zúñiga, casualmente el apellido de la casa de Béjar.&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;p  style="text-align: justify;font-family:trebuchet ms;" class="MsoNormal"&gt;&lt;span style="font-size:100%;"&gt;Y también es cierto que además de la Malinche, con quién cometió el error de no contraer matrimonio, y con quién tuvo un hijo, tuvo otra querida con quién tuvo otro hijo, una esposa legal, Catalina Juarez, cuñada del citado Diego Velazquez,&lt;span style=""&gt;  &lt;/span&gt;y otra esposa legal a la muerte de ésta, con quién también tuvo descendencia: Juana de Zúñiga…&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;p  style="text-align: justify;font-family:trebuchet ms;" class="MsoNormal"&gt;&lt;span style="font-size:100%;"&gt;¡Estaba emparentado con el Duque de Béjar!, y el matrimonio estuvo tratado directamente por el mismo, tío carnal de Juana.&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;p  style="text-align: justify;font-family:trebuchet ms;" class="MsoNormal"&gt;&lt;span style="font-size:100%;"&gt;Por su parte, la casa de Bejar tenía el condado de Monterrey, dio nombre a esta ciudad en México, eran Grandes de España, detentaron la gobernación de los Paises Bajos y el virreinato de Cataluña (en la persona de Luis de Requesens)… A la familia pertenece el Conde-Duque de Olivares…Y emparentaron con la Casa de Alba.&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;p  style="text-align: justify;font-family:trebuchet ms;" class="MsoNormal"&gt;&lt;span style="font-size:100%;"&gt;Juan de Zúñiga y Avellaneda fue capitán de la guardia personal de Carlos I, y ayo de Felipe II… Y Hernán Cortés murió solo y arruinado, acogido al amparo, no de sus familiares Zúñiga, sino de sus amigos de Medina Sidonia.&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;p  style="text-align: justify;font-family:trebuchet ms;" class="MsoNormal"&gt;&lt;span style="font-size:100%;"&gt;Aquí acaba todo mi conocimiento cierto al respecto de la relación que existió entre el Duque de Béjar y Hernán Cortés.&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;p  style="text-align: justify;font-family:trebuchet ms;" class="MsoNormal"&gt;&lt;span style="font-size:100%;"&gt;Entonces, ¿qué me induce a perseverar en la existencia de una enemistad donde, según todos los datos había firme amistad?&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;p  style="text-align: justify;font-family:trebuchet ms;" class="MsoNormal"&gt;&lt;span style="font-size:100%;"&gt;Ninguna otra cosa que la estructura de la obra de Cervantes, tan semejante a la vida heroica de Hernán Cortés, y a la muerte del mismo, sólo, en la miseria, él que había conquistado el reino más rico del Imperio.&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;p  style="text-align: justify;font-family:trebuchet ms;" class="MsoNormal"&gt;&lt;span style="font-size:100%;"&gt;Sólo esa cuestión y el hecho de que, a poco de casarse con Juana, marchase nuevamente a la conquista de nuevas tierras.&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;p  style="text-align: justify;font-family:trebuchet ms;" class="MsoNormal"&gt;&lt;span style="font-size:100%;"&gt;Por otra parte, el lugar de la Mancha de cuyo nombre no quiere Cervantes acordarse, muy probablemente sea Madrid, donde Hernán Cortés pasó a residir al objeto de reclamar del emperador Carlos I justas recompensas a los inmensos servicios que a lo largo de su vida prestó a España y a la Humanidad.&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;p  style="text-align: justify;font-family:trebuchet ms;" class="MsoBodyText3"&gt;&lt;span style="font-size:100%;"&gt;&lt;span style="font-size:12;"&gt;El obispo de Burgos, Juan Rodriguez de Fonseca, Presidente del Consejo de Indias, era enemigo declarado de Hernán Cortés, quién tenía un ejército de enemigos entre la&lt;/span&gt; &lt;span style="font-size:12;"&gt;nobleza de la época. El obiespo de Cuenca también se encontraba entre sus enemigos. El motivo procedía de la conquista de México.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;p  style="text-align: justify;font-family:trebuchet ms;" class="MsoNormal"&gt;&lt;span style="font-size:100%;"&gt;Todo hace pensar que la actividad de la casa de Béjar deba desenvolverse amparando al héroe, pero lo que parece cuando menos extraño es que Cervantes, manifiesto lacayo de la casa de Béjar, ataque tan desmesuradamente la figura de Don Quijote, por otra parte tan similar a Hernán Cortés, y hasta en la segunda parte cite a éste, despectivamente, como “el cortesísimo Cortés”&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;p  style="text-align: justify;font-family:trebuchet ms;" class="MsoNormal"&gt;&lt;span style="font-size:100%;"&gt;Pero dejemos ya las suposiciones sobre las motivaciones que llevaron a Cervantes a escribir la obra que lo inmortalizaría. Dejemos de lado que la misma fuese escrita de manera burlesca para ridiculizar a un hombre excepcional. Dejemos de lado que esa burla fuese dirigida no sólo contra Hernán Cortés, sino contra todo lo que representa Hernán Cortés: Gloria, Justicia, Generosidad, Grandeza, Inteligencia, Despego por las cosas materiales, Diplomacia…&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;p  style="text-align: justify;font-family:trebuchet ms;" class="MsoNormal"&gt;&lt;span style="font-size:100%;"&gt;Vamos a interpretar la imagen de Don Quijote como lo que es en esencia: muestra de toda bondad y principio de todas las virtudes. &lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;p  style="text-align: justify;font-family:trebuchet ms;" class="MsoNormal"&gt;&lt;span style="font-size:100%;"&gt;Las críticas que recibe Don Quijote, desde Cervantes hasta el último que trata su genialidad como locura no son sino muestras de la más profunda de las inculturas o de las animadversiones hacia lo que Don Quijote representa. Muestras de lo que Unamuno denomina “espíritus alcornoqueños”, “rebañiegos”, “modorros”, “hombres cuerdos” de “dura cerviz” que no suele tener “sino razón”, y que son incapaces de entender la “locura heroica” del “caballero de la fe”, que como Manuel Azaña se atreven a escribir artículos como “Cervantes y la invención del Quijote”, sin caer en la cuenta que en el mejor de los casos, es Don Quijote quién inventa a Cervantes.&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;p  style="text-align: justify;font-family:trebuchet ms;" class="MsoNormal"&gt;&lt;span style="font-size:100%;"&gt;Y es que, como afirma Unamuno, “no puede contar tu vida ni puede explicarla ni comentarla, señor mío Don Quijote, sino quién esté tocado de tu misma locura de no morir”, porque “el ansia de gloria y renombre es el espíritu del quijotismo, su esencia y su razón de ser”.&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;p  style="text-align: justify;font-family:trebuchet ms;" class="MsoNormal"&gt;&lt;span style="font-size:100%;"&gt;Ese espíritu, esa voluntad de perdurar en el tiempo es lo que hizo un día que España fuese algo en el Mundo, y su falta es la que hace hoy que la Hispanidad en pleno esté sometida al imperio de fementidos follones, como calificaría Don Quijote.&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;p  style="text-align: justify;font-family:trebuchet ms;" class="MsoNormal"&gt;&lt;span style="font-size:100%;"&gt;Ya vamos a entrar en los principales aspectos de la obra literaria.&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;p  style="text-align: justify;font-family:trebuchet ms;" class="MsoNormal"&gt;&lt;span style="font-size:100%;"&gt;Cuenta la historia de Don Quijote que al hidalgo se le secó el cerebro de tanto leer, y esa afirmación marca como una losa la totalidad de la historia. Pero una lectura pausada de la misma nos puede llevar a conclusiones bien distintas a las apuntadas por el autor.&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;p  style="text-align: justify;font-family:trebuchet ms;" class="MsoNormal"&gt;&lt;span style="font-size:100%;"&gt;¿Qué posibilita, sin embargo tal calificación? Ninguna otra cosa que la carencia de valores sociales y humanos. Una sociedad vacía de contenido moral no puede ver en Don Quijote sino a un demente. Y es lógico, ya que se parte de principios antagónicos.&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;p  style="text-align: justify;font-family:trebuchet ms;" class="MsoNormal"&gt;&lt;span style="font-size:100%;"&gt;Quién desconoce el principio de plenitud no puede entender de medidas. Quién no sabe leer, cualquier escrito le parecerá una estupidez. Del mismo modo, quién se encuentra vacío espiritualmente no puede tener para Don Quijote sino supuestos sentimientos de piedad o de ira, sin caer en la cuenta que se encuentra incapacitado para esos mismos sentimientos que pretende manifestar, y de los que no puede ser origen, sino fin.&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;p  style="text-align: justify;font-family:trebuchet ms;" class="MsoNormal"&gt;&lt;span style="font-size:100%;"&gt;Don Quijote, cuando escucha que “se le secó el cerebro de tanto leer” siente una gran tristeza por el erial intelectual que le rodea, y es que es conocedor de que todo lo bueno, lo justo, lo armonioso, lo bello… es, para el común, cosa de locos, y Don&lt;span style=""&gt;  &lt;/span&gt;Quijote es el eterno buscador de esos principios; el eterno buscador de su máxima expresión… Dulcinea.&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;p  style="text-align: justify;font-family:trebuchet ms;" class="MsoNormal"&gt;&lt;span style="font-size:100%;"&gt;Y es que la locura, la verdadera locura, nos está haciendo mucha falta, a ver si nos cura de esta peste del sentido común que nos tiene a cada uno ahogado en el propio.&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;p  style="text-align: justify;font-family:trebuchet ms;" class="MsoNormal"&gt;&lt;span style="font-size:100%;"&gt;Cuando Don Quijote sale al mundo, como en su primera salida, va con una armadura que, contra lo generalmente opinado, no es de metal sino de espíritu, y va montado en un caballo que no es semobiente, sino cultural, intelectual, espiritual; caballo que a los ojos de la sociedad aparece como flaco y sin fuerzas, pero ciertamente bien nutrido con alimentos que cada día están más alejados del general alcance.&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;p  style="text-align: justify;font-family:trebuchet ms;" class="MsoNormal"&gt;&lt;span style="font-size:100%;"&gt;Cuando Don Quijote sale al mundo obtiene la misma respuesta que recibiera en el castillo que la incompetencia generalizada ha convertido en posada. &lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;p  style="text-align: justify;font-family:trebuchet ms;" class="MsoNormal"&gt;&lt;span style="font-size:100%;"&gt;Ciertamente el castellano, el rector de Universidad o el director de periódico ya no son tales, sino que se han transmutado en mercachifles, vendedores de miseria, alquimios que han convertido la verdad en mentira; el honor en antigualla; la justicia en discusión…&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;p  style="text-align: justify;font-family:trebuchet ms;" class="MsoNormal"&gt;&lt;span style="font-size:100%;"&gt;Don Quijote, sin embargo, quedando como loco en lugares donde debería ser reconocido su ingenio, parte por los caminos a repartir justicia sin importarle ninguna anuencia.&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;p  style="text-align: justify;font-family:trebuchet ms;" class="MsoNormal"&gt;&lt;span style="font-size:100%;"&gt;Cree en la bondad de las personas, y como en el caso del niño apaleado, sin posibilidad de dejar quién controle que tales atropellos se sigan produciendo, confía en la efectividad de su recriminación, porque aunque el infractor “no tenga título de caballero yo le tengo por tal, porque la nobleza no se basa en los títulos, sino en la cualidad de la persona”.&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;p  style="text-align: justify;font-family:trebuchet ms;" class="MsoNormal"&gt;&lt;span style="font-size:100%;"&gt;Pero el caballero se encuentra rodeado de supersticiones y de vicios, hasta en lo más profundo de su intimidad. Le son ajenos, pero lo atan, le impiden desarrollar la función para la que está llamado.&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;p  style="text-align: justify;font-family:trebuchet ms;" class="MsoNormal"&gt;&lt;span style="font-size:100%;"&gt;Así, cuando recibe la paliza por parte de los mercaderes y es llevado a su casa cargado en un burro propiedad de un labriego vecino suyo, va relatando un discurso que al labriego le parecen delirios, lo cual, llenándolo de piedad, le hace recordar al caballero que no es sino Alonso Quijano.&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;p  style="text-align: justify;font-family:trebuchet ms;" class="MsoNormal"&gt;&lt;span style="font-size:100%;"&gt;Pero el caballero no duda en cortar el atrevimiento diciéndole “yo sé quién soy”.&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;p  style="text-align: justify;font-family:trebuchet ms;" class="MsoNormal"&gt;&lt;span style="font-size:100%;"&gt;Circunstancia que no es común al general de los mortales, disipados en mil y una ilusiones etéreas, falsas, y que a la postre, constituyen la realidad cotidiana de la que San Quijote de la Mancha se siente tan distante.&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;p  style="text-align: justify;font-family:trebuchet ms;" class="MsoNormal"&gt;&lt;span style="font-size:100%;"&gt;Circunstancias que le deparan una sobrina y un aya que desde lo más profundo de su inconsciencia pretenden atar en la rutina improductiva la mente de un alma libre y generosa como la del buen caballero.&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;p  style="text-align: justify;font-family:trebuchet ms;" class="MsoNormal"&gt;&lt;span style="font-size:100%;"&gt;¡Y creen que quemando los libros van a reconducir al redil al caballero del honor!.&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;p  style="text-align: justify;font-family:trebuchet ms;" class="MsoNormal"&gt;&lt;span style="font-size:100%;"&gt;La sociedad sin norte y sin ideales ve a Don Quijote acometiendo molinos. Ciegos de su soberbia; ciegos de su incultura, no se dan cuenta que los molinos acometidos por el genial caballero no son otros que los tiranos que esclavizan a la sociedad. Pobre sociedad, ¿qué será de ella si pueden domeñar el espíritu genial del caballero?.&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;p  style="text-align: justify;font-family:trebuchet ms;" class="MsoNormal"&gt;&lt;span style="font-size:100%;"&gt;Y luego, cuando enfrascado en la lucha contra todos los vicios que tienen esclavizado a su pueblo, el genial caballero recibe un golpe, los beneficiarios de sus esfuerzos se ríen a mandíbula batiente del apaleado caballero. ¡Pobre sociedad!&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;p  style="text-align: justify;font-family:trebuchet ms;" class="MsoNormal"&gt;&lt;span style="font-size:100%;"&gt;Sólo las gentes sencillas, como los cabreros que acogieron al caballero tras el enfrentamiento con el vizcaíno, libres de la opresión de los dominantes, alejados de sus núcleos de poder, son capaces de comprender la grandeza de Don Quijote, y como el mismo Sancho, son capaces de seguirle en sus acometidas. Las gentes sencillas, que no las gentes menguadas.&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;p  style="text-align: justify;font-family:trebuchet ms;" class="MsoNormal"&gt;&lt;span style="font-size:100%;"&gt;Y las gentes sencillas de espíritu, que sin apearse de esa condición son capaces de alcanzar una formación intelectual, son las únicas que pueden dar pie a personajes como Santa Teresa, como San Juan de la Cruz, como San Ignacio o como el multinombrado Hernán Cortés. Todos, expresión auténtica de la idiosincrasia del caballero Don Quijote.&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;p  style="text-align: justify;font-family:trebuchet ms;" class="MsoNormal"&gt;&lt;span style="font-size:100%;"&gt;Gentes con gran corazón, pletóricas de generosidad y de santa ambición son imprescindibles para acometer hazañas similares a las acometidas por los personajes citados. Todos son Don Quijote… Y todos tienen su Dulcinea… y su Sancho… y por desgracia su barbero, su cura, su bachiller Sansón Carrasco y su Duque.&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;p  style="text-align: justify;font-family:trebuchet ms;" class="MsoNormal"&gt;&lt;span style="font-size:100%;"&gt;Gentes que no abandonan su lucha por encontrar contradicciones e incomprensiones para otros insalvables; gentes que no sucumben ante el ostracismo a que son condenadas por el sistema; gentes que ante las dificultades piensan que otros lo han&lt;span style=""&gt;  &lt;/span&gt;pasado peor que ellos y sin embargo han salido a flote. &lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;p  style="text-align: justify;font-family:trebuchet ms;" class="MsoNormal"&gt;&lt;span style="font-size:100%;"&gt;En los momentos difíciles, Sancho se queja; Don Quijote no. Y es que Don Quijote sabe que esos momentos difíciles están ahí para ser superados y para salir con mejor disposición de espíritu de la inicial… Sabe que de no ser así jamás saldrá victorioso.&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;p  style="text-align: justify;font-family:trebuchet ms;" class="MsoNormal"&gt;&lt;span style="font-size:100%;"&gt;Don Quijote, visionario, es clarividente. Donde los demás, Sancho, la Humanidad, obnubilados por las luces de neón, la comodidad y la modorra sólo ven rebaños de ovejas, Don Quijote distingue con claridad un combate frenético entre dos poderosos ejércitos. Son el Bien y el Mal, ambos con mayúscula, y no duda en qué bando alistarse.&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;p  style="text-align: justify;font-family:trebuchet ms;" class="MsoNormal"&gt;&lt;span style="font-size:100%;"&gt;Las gentes, por el contrario, supuestos pastores de esos supuestos rebaños, acometen a pedradas contra el héroe, sin caer en la cuenta que con la derrota de aquel no llega su propia victoria, sino su propia derrota, su anulación como hombres libres.&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;p  style="text-align: justify;font-family:trebuchet ms;" class="MsoNormal"&gt;&lt;span style="font-size:100%;"&gt;Si los demás son incapaces de determinar el Bien y el Mal, lógicamente son incapaces de admirarse con la perfección de la sin par Dulcinea. &lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;p  style="text-align: justify;font-family:trebuchet ms;" class="MsoNormal"&gt;&lt;span style="font-size:100%;"&gt;Dulcinea, rebautizada Gloria por D. Miguel de Unanumo, no es otra cosa que eso: la gloria, el honor, la Libertad, la Justicia, la perfección…. Dulcinea es, por debajo de Dios, la máxima expresión del bien. Es el ideal de perfección humana al que Don Quijote aspira. Y ciertamente, los espíritus ciegos ven en ella algo grotesco, zafio…, porque son incapaces de desentrañar&lt;span style=""&gt;  &lt;/span&gt;la esencia que sólo un espíritu generoso como el de Don Quijote es capaz de vislumbrar.&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;p  style="text-align: justify;font-family:trebuchet ms;" class="MsoNormal"&gt;&lt;span style="font-size:100%;"&gt;Por eso, cuando la incompetencia de Sancho alumbrada por un rayo de ruindad le hace presentar a unas zafias aldeanas como Dulcinea y sus damas, al objeto de engañar a su cándido señor, éste queda confundido. No identifica a su amor entre tanta ordinariez y fealdad. Tampoco en otras ocasiones de la historia se muestra capaz de reconocer la Justicia donde un simulacro de la misma pretende darse a conocer como aquella.&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;p  style="text-align: justify;font-family:trebuchet ms;" class="MsoNormal"&gt;&lt;span style="font-size:100%;"&gt;Don Quijote duda, porque no puede suponer que nadie intente engañarlo, a él, ejemplo de toda honradez y limpieza.&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;p  style="text-align: justify;font-family:trebuchet ms;" class="MsoNormal"&gt;&lt;span style="font-size:100%;"&gt;Pero Sancho, engañador reincidente, no lo hace con la maldad utilizada por duques, curas (mi discurso no pretende ser anticlerical, aviso. El nefasto es el cura del pueblo de Don Quijote…y los que sean como él. Para el resto del clero, mi máximo respeto y cariño). Duques, curas, barberos y bachilleres, sino como arma de buena gente para eludir responsabilidades que le son impuestas por sus señores naturales.&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;p  style="text-align: justify;font-family:trebuchet ms;" class="MsoNormal"&gt;&lt;span style="font-size:100%;"&gt;Sancho es bueno y sigue a su señor a las más descabelladas aventuras, y sufre y vibra con él, aunque sin entender lo que sucede. Sancho y Don Quijote son inseparables y su coexistencia es imprescindible. &lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;p  style="text-align: justify;font-family:trebuchet ms;" class="MsoNormal"&gt;&lt;span style="font-size:100%;"&gt;Pero Sancho debe cuidarse de duques, curas, barberos y bachilleres… y no sabe… y cae en las trampas que le tienden… y provoca graves daños a Don Quijote…&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;p  style="text-align: justify;font-family:trebuchet ms;" class="MsoNormal"&gt;&lt;span style="font-size:100%;"&gt;Pero cuando se da cuenta de su error, corre a confesarse con su señor, y a sufrir con él la esclavitud provocada, al tiempo que a rogar que nuevamente se levante por sus fueros y azote debidamente a los delincuentes que permanente le atacan. Lo malo es que, en muchas ocasiones, el mal propinado es de tal envergadura que el espíritu esforzado de mi señor Don Quijote es incapaz de sobreponerse, y se ve obligado a permanecer atado, encarcelado, esclavizado junto a su fiel Sancho Panza.&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;p  style="text-align: justify;font-family:trebuchet ms;" class="MsoNormal"&gt;&lt;span style="font-size:100%;"&gt;Sancho Panza no se plantea su actuación; y cuando ocasiona algún mal no lo hace por maldad, sino por inocencia. Sancho mira el mundo con ojos de siervo y no con ojos de hombre libre; por eso se limita a contemplar la pura materialidad de las cosas, sin profundizar en las cuestiones que de verdad importan. Lo importante no es que Dulcinea sea labradora, pastora, abogado o reina. Lo importante es que Dulcinea es la expresión del amor humano. Es la expresión de las máximas aspiraciones de bien, de verdad, de Justicia y de Libertad.&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;p  style="text-align: justify;font-family:trebuchet ms;" class="MsoNormal"&gt;&lt;span style="font-size:100%;"&gt;Ella pelea en mí y vence en mí y yo vivo y respiro en ella y tengo vida y ser – dice D. Quijote-&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;p  style="text-align: justify;font-family:trebuchet ms;" class="MsoBodyText2"&gt;&lt;span style="font-size:100%;"&gt;&lt;span style="font-weight: normal;"&gt;Dulcinea es pura espiritualidad, y en esos términos, ¿qué más da bardas o ventanas?; ¿qué más da trigo que perlas?.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;p  style="text-align: justify;font-family:trebuchet ms;" class="MsoBodyText2"&gt;&lt;span style="font-size:100%;"&gt;&lt;span style="font-weight: normal;"&gt;Don Quijote lo tiene claro. Pero… ¿y Sancho?. Si Don Quijote es el sol, Sancho es la luna… Tiene la virtud de reflejar la luz que le da el astro rey. Llega a intuir, pero es incapaz de entender. Su virtud, que cree; su vicio, que también cree a quién no es Don Quijote.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;p  style="text-align: justify;font-family:trebuchet ms;" class="MsoBodyText2"&gt;&lt;span style="font-size:100%;"&gt;&lt;span style="font-weight: normal;"&gt;Sancho no entiende la belleza de la Gloria, la belleza de Dulcinea, y se queda en la materialidad de Aldonza Lorenzo, y cuando marcha con el mensaje para su señora, alterna sus recuerdos sarcásticos sobre la amada de su señor con la alegría de portar la cédula que le hacía dueño de tres pollinos. Rozaba la gloria y se contentaba con los pollinos…&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;p  style="text-align: justify;font-family:trebuchet ms;" class="MsoBodyText2"&gt;&lt;span style="font-size:100%;"&gt;&lt;span style="font-weight: normal;"&gt;Y sin embargo, cree, y cuando cree, se eleva con su señor y acomete grandes hazañas, como demostró siendo gobernador de la ínsula Barataria. Ahí demostró que siguiendo a su señor, Sancho puede ser otro Quijote. Se supera a sí mismo y hace prevalecer el bien y la justicia.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;p  style="text-align: justify;font-family:trebuchet ms;" class="MsoBodyText2"&gt;&lt;span style="font-size:100%;"&gt;&lt;span style="font-weight: normal;"&gt;Y es que lo que debemos conseguir, como dijo Jaime Balmes, es que el bien ahogue al mal; que la envidia, principio de toda maldad, desaparezca de allí donde podamos influir. &lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;p  style="text-align: justify;font-family:trebuchet ms;" class="MsoBodyText2"&gt;&lt;span style="font-size:100%;"&gt;&lt;span style="font-weight: normal;"&gt;Sancho hace quedar en ridículo a su señor; Sancho llega a conchabarse con los enemigos de su señor… Y sin embargo Sancho cree, y por ello Sancho no es malo; Sancho es el pueblo, que requiere ser conducido; que merece ser conducido, y que tiene derecho a ser conducido por quienes, más formados que él no basen su autoridad solo en la formación humana, sino en la formación espiritual. Hay malas personas con mucha formación, y si las buenas personas con formación permiten que las malas&lt;/span&gt; &lt;span style="font-weight: normal;"&gt;personas dirijan a Sancho, lo único que conseguiremos es una sociedad&lt;/span&gt;&lt;span style="font-weight: normal;font-size:24;" &gt; &lt;/span&gt;&lt;span style="font-weight: normal;"&gt;pérfida, vacía de valores, que explotará a Sancho, al pueblo, haciéndole creer que el error y la perfidia son sus derechos, y presentando el bien como opresión. &lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;p  style="text-align: justify;font-family:trebuchet ms;" class="MsoNormal"&gt;&lt;span style="font-size:100%;"&gt;Y mientras, el cura y el barbero, y el bachiller y el Duque, con el pretexto de ayudar al caballero y de salvar a Sancho, situados en una supuesta superioridad se mofan de los actos de generosidad infinita que, el caballero desde su iniciativa y el escudero desde su fe, acometen en beneficio de quienes les rodean.&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;p  style="text-align: justify;font-family:trebuchet ms;" class="MsoNormal"&gt;&lt;span style="font-size:100%;"&gt;Dice Unamuno que compadece con toda la fuerza de su corazón y tiene por miserables esclavos del sentido común a todos los que no sienten ardor de espíritu al revivir las hazañas del señor Don Quijote. Espíritus alcornoqueños irremisiblemente perdidos por su haraganería espiritual.&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;p  style="text-align: justify;font-family:trebuchet ms;" class="MsoBodyText2"&gt;&lt;span style="font-size:100%;"&gt;&lt;span style="font-weight: normal;"&gt;Don Quijote, su expresión más significativa del siglo XVI, Hernán Cortés, hundió los barcos, con lo que no dejó escapatoria posible a los acobardados Sanchos que le acompañaban, y los obligó a continuar una de las más grandes empresas de la Historia… si no la más grande de todos los tiempos. Y esos Sanchos, siguiendo a su jefe, siguiendo a su Don Quijote,&lt;/span&gt;&lt;span style="font-weight: normal;font-size:24;" &gt; &lt;/span&gt;&lt;span style="font-weight: normal;"&gt;sometieron, culturizaron, cristianizaron y liberaron el magnífico imperio de los aztecas; liberaron de la opresión a todos los pueblos, que se divertían comiéndose entre sí, y les mostraron que eran personas, criaturas de&lt;/span&gt;&lt;span style="font-weight: normal;font-size:24;" &gt; &lt;/span&gt;&lt;span style="font-weight: normal;"&gt;Dios, hermanos de aquellos extraños seres con barbas y cubiertos de metal que habían llegado desde Oriente, y que tras vencerlos, en vez de comérselos, como estaban acostumbrados hasta el momento, les decían que eran libres y les invitaban a ser sus amigos.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;p  style="text-align: justify;font-family:trebuchet ms;" class="MsoNormal"&gt;&lt;span style="font-size:100%;"&gt;Esos Sanchos fueron&lt;span style=""&gt;  &lt;/span&gt;grandes, se hicieron ricos, murieron como héroes, y todo, como consecuencia de haber tenido la suerte de haber caído bajo las órdenes de un gran capitán, generoso, inteligente, sagaz, diplomático, elegante, cortés y comprensivo con las necesidades de quienes le rodeaban.&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;p  style="text-align: justify;font-family:trebuchet ms;" class="MsoNormal"&gt;&lt;span style="font-size:100%;"&gt;Era el mismo Don Quijote, y como tal, acabaría apaleado, engañado y olvidado en un rincón sin nombre.&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;p  style="text-align: justify;font-family:trebuchet ms;" class="MsoNormal"&gt;&lt;span style="font-size:100%;"&gt;Pero la virtud es tan poderosa que por sí sola saldrá vencedora de todo trance&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;p  style="text-align: justify;font-family:trebuchet ms;" class="MsoNormal"&gt;&lt;span style="font-size:100%;"&gt;Para finalizar, la oración que escribiese Unamuno: “¡Oh, Dios mío! Tú que diste vida y espíritu a Don Quijote en la vida y en el espíritu de su pueblo. Tú que inspiraste a Cervantes esa epopeya profundamente cristiana. Tú, Dios de mis sueños ¿dónde acoges los espíritus de los que atravesamos este sueño de la vida tocados de la locura de vivir por los siglos de los siglos venideros?”&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;p  style="text-align: justify;font-family:trebuchet ms;" class="MsoNormal"&gt;&lt;span style="font-size:100%;"&gt;&lt;o:p&gt; &lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;span style="font-size:100%;"&gt;&lt;span style=";font-family:trebuchet ms;font-size:12;"  &gt;He dicho&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/819452701281744-8507984077335675963?l=caballerocristiano.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://caballerocristiano.blogspot.com/feeds/8507984077335675963/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=819452701281744&amp;postID=8507984077335675963' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/819452701281744/posts/default/8507984077335675963'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/819452701281744/posts/default/8507984077335675963'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://caballerocristiano.blogspot.com/2007/03/don-quijote-el-alma-del-caballero.html' title='Don Quijote, El Alma del Caballero Hispánico de Cesáreo Jarabo Jordán'/><author><name>Espada de Roma</name><uri>http://www.blogger.com/profile/04448490275938530117</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='25' height='32' src='http://3.bp.blogspot.com/_Nwz-Rq7ooZk/Sv7heYf5b0I/AAAAAAAAAFs/-KRy3v7Rul4/S220/San+Miguel+Arc%C3%A1ngel.jpg'/></author><media:thumbnail xmlns:media='http://search.yahoo.com/mrss/' url='http://1.bp.blogspot.com/_Nwz-Rq7ooZk/RfqPPpS2rhI/AAAAAAAAAAU/Bc2QlYOnpKQ/s72-c/quijote.jpg' height='72' width='72'/><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-819452701281744.post-1853486824173969135</id><published>2007-03-16T12:19:00.000Z</published><updated>2007-03-16T12:27:11.751Z</updated><title type='text'>El Caballero Cristiano por Manuel García Morente</title><content type='html'>&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;a onblur="try {parent.deselectBloggerImageGracefully();} catch(e) {}" href="http://1.bp.blogspot.com/_Nwz-Rq7ooZk/RfqMLpS2rgI/AAAAAAAAAAM/MDkFvBww1hY/s1600-h/manuelgarciamorente.jpg"&gt;&lt;img style="margin: 0px auto 10px; display: block; text-align: center; cursor: pointer;" src="http://1.bp.blogspot.com/_Nwz-Rq7ooZk/RfqMLpS2rgI/AAAAAAAAAAM/MDkFvBww1hY/s320/manuelgarciamorente.jpg" alt="" id="BLOGGER_PHOTO_ID_5042496864486075906" border="0" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;p  style="color: rgb(0, 0, 0); text-align: justify;font-family:trebuchet ms;"&gt;&lt;span style="font-size:6;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;p  style="color: rgb(0, 0, 0); text-align: justify;font-family:trebuchet ms;"&gt;&lt;span style="font-size:180%;"&gt;S&lt;/span&gt;&lt;span style="font-size:180%;"&gt;imbolización del estilo español &lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;p  style="color: rgb(0, 0, 0); text-align: justify;font-family:trebuchet ms;"&gt;&lt;span style="font-size:130%;"&gt;La nación no es ninguna cosa material de las que hay en la naturaleza. No es una raza, ni una sangre. No es un territorio, ni un idioma. Tampoco, como creen algunos pensadores modernos, puede definirse como la adhesión a un determinado pasado o a un determinado futuro. La nación, por el contrario, es algo que comprende por igual el pasado, el presente y el futuro; está por encima del tiempo; está por encima de las cosas materiales, naturales; por encima de los hechos y de los actos que realizamos. La nación es el estilo común a una infinidad de momentos en el tiempo, a una infinidad de cosas materiales, a una infinidad de hechos y de actos, cuyo conjunto constituye la historia, la cultura, la producción de todo un pueblo. La nación española es, pues, el estilo de vida que ostentan todos los españoles y todo lo español, en los actos, en los hechos, en las cosas, en el pensamiento, en las producciones, en las creaciones, en las resoluciones históricas.&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;p  style="color: rgb(0, 0, 0); text-align: justify;font-family:trebuchet ms;"&gt;&lt;span style="font-size:130%;"&gt;Ahora bien; ¿en qué consiste ese estilo propio de España y de lo hispánico? ¿Qué es la hispanidad? Tal es el problema planteado: el de evocar -puesto que definir no es posible- la esencia del estilo español. Y digo que un estilo no puede definirse, porque el estilo no es un ser -ni real, ni ideal-; no es una cosa, no es un posible término ni de nuestra conceptuación, ni de nuestra intuición. Hay cosas que no pueden definirse -como por ejemplo, un color-, pero que son objeto de intuición directa. El estilo no es tampoco de estas cosas; porque el estilo no es cosa, sino «modalidad» de cosas; ni es ser, sino «modo» de ser. No es un objeto que nosotros podamos circunscribir conceptualmente, ni señalar intuitivamente en el conjunto o sistema de los objetos. El estilo no puede, pues, ni definirse ni intuirse. Entonces, ¿qué podemos hacer para conocerlo? ¿Cómo podremos formarnos alguna noción, o idea, o evocación, o sentimiento, de lo que es el estilo hispánico?&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;p  style="color: rgb(0, 0, 0); text-align: justify;font-family:trebuchet ms;"&gt;&lt;span style="font-size:130%;"&gt;Lo mejor que podríamos hacer sería, sin duda, entrar en trato profundo y continuado con ese estilo; sumergirnos durante largas semanas y meses en el estudio de la historia de España; estar con los españoles, que fueron, en un largo comercio de íntima familiaridad; recorrer la península ibérica; contemplar sus paisajes; visitar sus ciudades, sus pueblos, sus aldeas; conversar con sus habitantes; admirar los cuadros que los españoles han pintado, las estatuas que han labrado y los edificios que han construído; leer las obras de su literatura y de su ciencia; oír sus cantos y sus músicas; mirar sus bailes; en suma, convivir real e intuitivamente con todas las manifestaciones de su vida pasada y presente. Y, al cabo de esa larga y variada convivencia con todo lo hispánico, con todas esas cosas en que está impreso el estilo, el modo de ser hispánico, tendríamos en nuestro espíritu una noción clara, precisa, intuitiva, aunque inefable e indefinible, del estilo español.&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;p  style="color: rgb(0, 0, 0); text-align: justify;font-family:trebuchet ms;"&gt;&lt;span style="font-size:130%;"&gt;Pero este camino sería extraordinariamente largo y sólo practicable para contadísimas personas. Hay, pues, que buscar un sustituto. ¿Cuál? El único que en este caso se ofrece a las posibilidades humanas: la simbolización. Busquemos un símbolo, esto es, una figura que descifre y evoque todo ese montón de formas, esas modalidades en las cuales el estilo de la nacionalidad española se documenta. Cuando algo no puede ni definirse ni señalarse con el dedo; cuando algo no tiene posible concepto ni posible intuición, entonces la única manera de descifrarlo y evocarlo consiste en descubrirle algún símbolo adecuado. Símbolo es una figura real -objeto o persona- que, además de lo que ella es en sí y por sí misma, desempeña la función de descifrar y evocar algo distinto de ella. La bandera es un símbolo. La balanza de la justicia es un símbolo. De igual manera, ¿no podríamos descubrir alguna figura de cosa o de persona que nos empujase irremediablemente hacia ciertos pensamientos, ciertos sentimientos, ciertas emociones e intuiciones similares o idénticas a esa «modalidad» del ser hispánico? Intentémoslo y preguntemos, ante todo: ¿en qué figura podría simbolizarse lo español, el estilo de la hispanidad?&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;p  style="color: rgb(0, 0, 0); text-align: justify;font-family:trebuchet ms;"&gt;&lt;span style="font-size:130%;"&gt;No podrá, desde luego, simbolizarse en una cosa. Para simbolizar un modo de ser viviente, una cosa inánime no sirve. La figura simbólica tendrá, pues, que ser figura de persona viva, un ser humano, un hombre. Puesto que lo que se trata de simbolizar aquí es un estilo de vida, el camino para hallar el símbolo no podrá ser otro que el de buscar en el arsenal de nuestra historia y de nuestra cultura españolas alguna figura humana que sea típica y que, sin ser real -pues sería entonces harto limitada-, designe en su diseño psicológico, con amplitud suficiente, la modalidad particular del alma española. ¿Dónde encontraremos semejante figura, que no siendo real se aplique, sin embargo, a la realidad hispánica y que no caiga en el peligro de la fría abstracción y del mero esquema? Lo primero en que se nos ocurre pensar es el arte. En las producciones del arte tenemos, efectivamente, un buen repertorio de figuras irreales y, sin embargo, concretas, y bien llenas de espiritualidad y de estilo hispánicos. Una solución muy atractiva sería, por ejemplo, la de simbolizar el estilo español en las figuras de Don Quijote y Sancho. Encontraríamos, sin duda, en ellas, un gran número de alusiones y evocaciones de la eterna hispanidad. También podría elegirse la figura artística del Cid. Acaso, igualmente, alguna traza sacada de un cuadro español famoso. Así no sería mal símbolo del estilo español la figura central del cuadro de Velázquez denominado las Lanzas. En esta escena vemos a Espínola recibiendo con gesto de suprema elegancia y benevolencia las llaves que entrega el burgomaestre de la ciudad de Breda. El contraste entre los dos personajes es notabilísimo. Velázquez ha sabido, con intuición genial, cifrar en esas dos figuras los estilos de dos pueblos completamente dispares. También el retrato del Greco, conocido bajo el nombre de «el caballero de la mano al pecho», nos proporcionaría quizás un elocuente símbolo de la humanidad española.&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;p  style="color: rgb(0, 0, 0); text-align: justify;font-family:trebuchet ms;"&gt;&lt;span style="font-size:180%;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;p  style="color: rgb(0, 0, 0); text-align: justify;font-family:trebuchet ms;"&gt;&lt;span style="font-size:180%;"&gt;El caballero Cristiano &lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;p  style="color: rgb(0, 0, 0); text-align: justify;font-family:trebuchet ms;"&gt;&lt;span style="font-size:130%;"&gt;Pero todas estas figuras, tomadas del tesoro artístico de España, tienen un grave inconveniente: su excesiva determinación, su adscripción marcada a un momento, a un lugar o a una esfera de la realidad vital. Y esta determinación excesiva les impide desempeñar con plenitud de valor la función de símbolos de la hispanidad integral. Podrán, sin duda, plasmar con acusado relieve, en trazos inolvidables, una o dos o tres cualidades de la índole hispánica; pero no es fácil que tengan la universalidad que para nuestro intento se requiere. Nuestro intento, efectivamente, no es sólo de evocación concreta, sino también de sugestión amplia; es, a un tiempo mismo, sentimental, intuitivo e intelectual, discursivo. Los símbolos procedentes de esferas demasiadamente acusadas y de concreciones demasiadamente limitadas, correrían el riesgo de reducir con exceso el área de su vigencia y aplicación. Más que una figura, lo que necesitamos, pues, para simbolizar la hispanidad, es un tipo, un tipo ideal; es decir, el diseño de un hombre que, siendo en sí mismo individual y concreto, no lo sea, sin embargo, en su relación con nosotros; un hombre que, viviendo en nuestra mente con todos los caracteres de la realidad viva, no sea, sin embargo, ni éste, ni aquél, ni de este tiempo, ni de este lugar, ni de tal hechura, ni de cual condición social o profesional; un hombre, en suma, que represente, como en la condensación de un foco, las más íntimas aspiraciones del alma española, el sistema típicamente español de las preferencias absolutas, el diseño ideal e individual de lo que en el fondo de su alma todo español quisiera ser. Los antiguos griegos, para representar plástica e intuitivamente el estilo de su nación, forjaron el término bien expresivo de &lt;i&gt;kalós kai agathos&lt;/i&gt;; el hombre bello y bueno. La síntesis de esas dos virtudes, material y corpórea la una, moral y cordial la otra, simbolizan perfectamente el ideal humano, que, más o menos claro, se cernía ante la mirada de todos los griegos clásicos. Del mismo modo, el ideal humano, que los romanos clásicos aspiraban a realizar, puede también condensarse o simbolizarse en los dos términos famosos del &lt;i&gt;otium cum dignitate&lt;/i&gt;, que dibujan inequívocamente la gravedad honorable del patricio, alejado de todo negocio (&lt;i&gt;nego otium&lt;/i&gt;) y exclusivamente dedicado a la administración de sus bienes, de la república y de la honra personal y familiar. Y para no citar sino un solo ejemplo de naciones modernas, recordad la significación de infinitas resonancias que tiene para los ingleses la palabra &lt;i&gt;gentleman&lt;/i&gt;, donde se concreta y a la vez se condensa toda una ética, una estética, una sociología y, en suma, la manera misma de ser típica del pueblo inglés.&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;p  style="color: rgb(0, 0, 0); text-align: justify;font-family:trebuchet ms;"&gt;&lt;span style="font-size:130%;"&gt;Pues bien, yo pienso que todo el espíritu y todo el estilo de la nación española pueden también condensarse y a la vez concretarse en un tipo humano ideal, aspiración secreta y profunda de las almas españolas, el caballero cristiano. El caballero cristiano -como el &lt;i&gt;gentleman&lt;/i&gt; inglés, como el ocio y dignidad del varón romano, como la belleza y bondad del griego- expresa en la breve síntesis de sus dos denominaciones el conjunto o el extracto último de los ideales hispánicos. Caballerosidad y cristiandad en fusión perfecta e identificación radical, pero concretadas en una personalidad absolutamente individual y señera, tal es, según yo lo siento, el fondo mismo de la psicología hispánica. El español ha sido, es y será siempre el caballero cristiano. Serlo constituye la íntima aspiración más profunda y activa de su auténtico y verdadero ser -que no es tanto el ser que real y materialmente somos, como el ser que en el fondo de nuestro corazón quisiéramos ser.&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;p  style="color: rgb(0, 0, 0); text-align: justify;font-family:trebuchet ms;"&gt;&lt;span style="font-size:130%;"&gt;Vamos, pues, a intentar un análisis psicológico del caballero cristiano, de ese ser irreal, que nadie ha sido, es, ni será, pero que -sépanlo o no- todos los españoles quisieran ser. Vamos a intentar describir a grandes rasgos la figura del caballero cristiano, como representación, símbolo o imagen del estilo español, de la hispanidad. ¿Qué siente, qué piensa, qué quiere el caballero cristiano? ¿Cómo concibe la vida y la muerte? ¿Cómo cree en Dios y en la inmortalidad? ¿Cuál es el matiz de su religiosidad? ¿Cuál es, en suma, su sistema de preferencias absolutas? Esta descripción interior del caballero cristiano es la única manera posible de determinar -en cierto modo- la esencia de la hispanidad, el estilo de la nación española.&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;p  style="color: rgb(0, 0, 0); text-align: justify;font-family:trebuchet ms;"&gt;&lt;span style="font-size:180%;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;p  style="color: rgb(0, 0, 0); text-align: justify;font-family:trebuchet ms;"&gt;&lt;span style="font-size:180%;"&gt;Paladín &lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;p  style="color: rgb(0, 0, 0); text-align: justify;font-family:trebuchet ms;"&gt;&lt;span style="font-size:130%;"&gt;Los siglos de Reconquista han impregnado de religiosidad hasta el tuétano el alma del caballero cristiano; infundiéndole, además, la convicción de que la vida es, en efecto, lucha; la lucha por imponer a la realidad circundante una forma buena, una manera de ser excelente, que por sí misma la realidad no tendría. El caballero cristiano es, pues, esencialmente un paladín defensor de una causa, deshacedor de entuertos e injusticias, que va por el mundo sometiendo toda realidad -cosas y personas- al imperativo de unos valores supremos, absolutos, incondicionales. Y lo que lo caracteriza y designa como paladín no es solamente su condición de esforzado propugnador del bien, sino, sobre todo, el &lt;i&gt;método directo&lt;/i&gt; con que lo procure. El caballero cristiano no tiene aguante, no aguarda, no espera; no busca, para transformar la realidad mala en realidad buena, algunos rodeos más o menos largos que de un modo, por decirlo así, mecánico, metódico y natural, vayan produciendo la deseada modificación de la realidad. El caballero cristiano cree ciegamente en la virtud y eficacia inmediata de su propia voluntad y esforzada resolución para transformar las cosas. Otras mentalidades más lentas, menos ejecutivas y más propensas a acatar el sistema de las leyes naturales, pensarán que toda modificación de la realidad por el hombre requiere tiempo, exige primero una sumisión aparente a la legalidad física y material, hasta descubrir, poco a poco, las coyunturas por donde se pueda obligar a la naturaleza a asumir la forma y función determinada por el pensamiento humano de lo mejor. Esta manera de actuar sobre las cosas reales postula, empero, la necesidad de esperar; requiere tiempo y trae como consecuencia la idea de una evolución lenta en el proceso de modificación de las cosas por el hombre. Mas el método evolutivo y paciente de influir sobre la realidad repugna al caballero cristiano, que quiere ahora mismo y sin más tardar, por sólo el imperio de su voluntad y poder, que el mal desaparezca y el bien sea, y que todo se someta a la fórmula contundente de sus palabras. Hay en la mentalidad del paladín al mismo tiempo optimismo e impaciencia; optimismo como fe absoluta en el poder moral de la voluntad; impaciencia como demanda de transformación inmediata y total, no gradual y progresiva. Para el caballero cristiano, en suma, el ideal moral no es la norma a que se somete un proceso de transformación lento y progresivo, sino el imperativo de realización inmediata, completa y perfecta.&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;p  style="color: rgb(0, 0, 0); text-align: justify;font-family:trebuchet ms;"&gt;&lt;span style="font-size:130%;"&gt;Esta manera de sentir y de pensar implica, a su vez, un cierto desprecio de la realidad intrínseca; no sólo en el sentido de considerarla mala o indiferente, sino también en el sentido de tenerla por fácilmente vencible, transformable, dominable. La materia, el cuerpo, los cuerpos están o deben estar a las órdenes del espíritu; si se niegan a obedecer a éste, es preciso obligarles, por la violencia, si fuera necesario, o por la penitencia o por el castigo sobre sí mismo y sobre los demás. El caballero cristiano no duda de poder transformar la realidad, de acuerdo con los imperativos de las preferencias absolutas; justamente porque &lt;i&gt;desprecia&lt;/i&gt; esa realidad y la considera incapaz de verdadera y autónoma existencia. La vida, pues, toda la vida habrá de consistir esencialmente en una constante enmienda de las cosas, de acuerdo con los dictados de lo mejor, de lo más perfecto.&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;p  style="color: rgb(0, 0, 0); text-align: justify;font-family:trebuchet ms;"&gt;&lt;span style="font-size:130%;"&gt;Ahora bien, ¿qué es lo mejor, lo más perfecto? ¿Quién dice al caballero cristiano lo que tiene que preferir, lo que debe hacer, la ley a que debe someter a los demás y a sí mismo? Ahora llegamos a otro punto capital de nuestro análisis. Esos valores, esas preferencias absolutas, esa ley a que el caballero cristiano somete a los demás y se somete a sí mismo, no proceden de ningún código escrito, ni de costumbres, ni de convenciones humanas; proceden exclusivamente de la propia conciencia del caballero. El caballero no los encuentra hechos y vigentes, sino que los hace e impone él por sí mismo. No están «ahí», como las leyes públicas; sino que florecen en el corazón del caballero, el cual no conoce otra legalidad que la ley de Dios y su propia convicción. El caballero cristiano es el paladín de una causa, que se cifra en Dios y su conciencia. No acata leyes que no sean «sus» leyes; no se rige por otro faro que la luz encendida en su propio pecho.&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;p  style="color: rgb(0, 0, 0); text-align: justify;font-family:trebuchet ms;"&gt;&lt;span style="font-size:180%;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;p  style="color: rgb(0, 0, 0); text-align: justify;font-family:trebuchet ms;"&gt;&lt;span style="font-size:180%;"&gt;Grandeza contra mezquindad &lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;p  style="color: rgb(0, 0, 0); text-align: justify;font-family:trebuchet ms;"&gt;&lt;span style="font-size:130%;"&gt;De esa condición primaria del caballero, paladín de su propio ideal, derívanse un cierto número de preferencias más concretas, que vamos a enumerar rápidamente. En primer lugar la preferencia de la grandeza sobre la mezquindad. Pero ¿qué es la grandeza y qué la mezquindad? Grandeza es el sentimiento de la personal valía; es el acto por el cual damos un valor superior a lo que somos sobre lo que tenemos. Mezquindad es justo lo contrario, esto es, el acto por el cual preferimos lo que tenemos a lo que somos. El caballero cristiano cultiva la grandeza, porque desprecia las cosas, incluso las suyas, las que él posee. Pone siempre su ser por encima de su haber. Se confiere a sí mismo un valor infinito y eterno. En cambio no concede valor ninguno a las cosas que tiene. Vale uno por lo que es y no por lo que posee. Don Quijote lo afirma: «dondequiera que yo esté, allí está la cabecera».&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;p  style="color: rgb(0, 0, 0); text-align: justify;font-family:trebuchet ms;"&gt;&lt;span style="font-size:130%;"&gt;Antes, pues, consentirá el caballero cristiano sufrir toda clase de penurias y de pobrezas y verse privado de toda cosa, que rebajar su ser con el gesto vil, innoble, de la mezquindad, que es adulación a las cosas materiales. El adulador atribuye falsamente al adulado valores y modalidades que éste no tiene; de igual modo el mezquino supone falsamente en las cosas materiales valores que éstas no poseen. El caballero cristiano no adula ni a las personas ni a las cosas. Su grandeza le protege de cualquier mezquindad. Prefiere padecer toda escasez y sufrir trabajos que doblegar la conciencia que de sí mismo tiene.&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;p  style="color: rgb(0, 0, 0); text-align: justify;font-family:trebuchet ms;"&gt;&lt;span style="font-size:130%;"&gt;Esta preferencia por lo grande sobre lo mezquino, documentaríase fácilmente en mil hechos de la historia española, en innumerables productos del arte y de la vida españoles. El Escorial, por ejemplo, es la ilustración en piedra de esa preferencia; es pura grandeza pobre. La sobriedad de las formas personales y estéticas -a veces rayana en austeridad y aun en tosquedad- impresiona a todo el que se acerca a la vida española; y no es sino un derivado inmediato de esa preferencia esencial de lo grande a lo mezquino. La generosidad, a veces loca, del español; el desprecio impresionante con que trata las cosas materiales; la sencillez sublime con que se despoja de todo; la disposición tranquila al sacrificio de todo bien material; he aquí algunas de las consecuencias prácticas de esa condición hispánica que hemos llamado grandeza. El alma española no puede nunca conceder a lo material más valor que el de un simple medio para realzar y engarzar el valor supremo de la persona.&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;p  style="color: rgb(0, 0, 0); text-align: justify;font-family:trebuchet ms;"&gt;&lt;span style="font-size:180%;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;p  style="color: rgb(0, 0, 0); text-align: justify;font-family:trebuchet ms;"&gt;&lt;span style="font-size:180%;"&gt;Arrojo contra timidez &lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;p  style="color: rgb(0, 0, 0); text-align: justify;font-family:trebuchet ms;"&gt;&lt;span style="font-size:130%;"&gt;Otra consecuencia del «ser» caballeresco es la preferencia del arrojo a la timidez o de la valentía al apocamiento. El caballero cristiano es esencialmente valeroso, intrépido. No siente miedo más que ante Dios y ante sí mismo. Pero ¿qué sentido tiene esta valentía? O dicho de otro modo: ¿por qué no conoce el miedo el caballero cristiano?&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;p  style="color: rgb(0, 0, 0); text-align: justify;font-family:trebuchet ms;"&gt;&lt;span style="font-size:130%;"&gt;Lo característico, a mi juicio, de la intrepidez hispánica es, en términos generales, su carácter espiritualista o ideológico, o también podríamos decir religioso. En efecto, se puede ser valiente -o por lo menos dar la impresión de la valentía- de dos maneras: por una especie de embotamiento del cuerpo y de la conciencia al dolor físico, o por un predominio decisivo de ciertas convicciones ideales. En el primer caso situaríamos la valentía de los primitivos, de los hombres toscos, rudos, endurecidos, encallecidos física y psíquicamente; es una valentía hecha en su mayor parte de inconsciencia y de anestesia fisiológica; es una propiedad -¿cualidad o defecto?- de la raza, de la fisiología, de la constitución somática. En el segundo caso situaríamos la valentía de los que van a la lucha y a la muerte sostenidos por una idea, una convicción, la adhesión a una causa. Estos saben bien lo que sacrifican; pero saben también por qué lo sacrifican. Tipo supremo: los mártires. Sin duda alguna este segundo modo de la valentía es la que merece más propiamente el nombre de humana. La primera es animal; está en relación con el sexo, con la fisiología, con la anatomía, con la especie o la variedad biológica. La segunda, la humana, es superior a esas limitaciones o condicionalidades «naturales»; es superior al sexo, a la edad, a la efectividad fisiológica y anatómica. Depende exclusivamente del poder que la idea -la convicción- ejerza sobre la voluntad -la resolución.&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;p  style="color: rgb(0, 0, 0); text-align: justify;font-family:trebuchet ms;"&gt;&lt;span style="font-size:130%;"&gt;Ahora bien, una de las características esenciales del caballero cristiano -y por consiguiente del alma hispánica- es la tenacidad y eficacia de las convicciones. Precisamente porque el caballero no toma sus normas fuera, sino dentro de sí mismo, en su propia conciencia individual, son esas normas acicates eficacísimos y tenaces, es decir capaces de levantar el corazón por encima de todo obstáculo. La valentía del caballero cristiano deriva de la profundidad de sus convicciones y de la superioridad inquebrantable en su propia esencia y valía. De nadie espera y de nadie teme nada el caballero, que cifra toda su vida en Dios y en sí mismo, es decir en su propio esfuerzo personal. Escaso y escueto, o abundante y rico en matices, el ideario del caballero tiene la suprema virtud de ser suyo, de ser auténtico, de estar íntimamente incorporado a la personalidad propia. Por eso es eficaz, ejecutivo y sustentador de la intrépida acción. El caballero no conoce la indecisión, la vacilación típica del hombre moderno, cuya ideología, hecha de lecturas atropelladas, de pseudocultura verbal, no tiene ni arraigo ni orientación fija. El hombre moderno anda por la vida como náufrago; va buscando asidero de leño en leño, de teoría en teoría. Pero como en ninguna de esas teorías cree de veras, resulta siempre víctima de la última ilusión y traidor a la penúltima. El caballero, en cambio, cree en lo que piensa y piensa lo que cree. Su vida avanza con rumbo fijo, neto y claro, sostenida por una tranquila certidumbre y seguridad, por un ánimo impávido y sereno, que ni el evidente e inminente fracaso es capaz de quebrantar.&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;p  style="color: rgb(0, 0, 0); text-align: justify;font-family:trebuchet ms;"&gt;&lt;span style="font-size:130%;"&gt;Esa seguridad en sí mismo del caballero cristiano es por una parte sumisión al destino y por otra parte desprecio de la muerte. Ahora bien, la sumisión del caballero a su destino no debe entenderse como fatalismo. Ni su desprecio de la muerte como abatimiento. Ya iremos viendo más adelante el sentido completo de estas cualidades. Baste, por ahora, observar que esa sumisión al destino no se basa en una idea fatalista o determinista del universo, sino que, por el contrario, se funda en la idea opuesta, en la idea de que el destino personal es obra personal, es decir, congruente con el ser o esencia de la persona, que «hace» su propio destino. Cada caballero se forja su propia vida; pero no una vida &lt;i&gt;cualquiera&lt;/i&gt;, sino la que está en lo profundo de su voluntad, es decir, de su índole personal. Y de su congruencia entre lo que cada cual es y lo que cada cual hace, o entre la índole personal y los hechos de la vida, responde en el fondo la Providencia, Dios eterno, juez universal e infinitamente justo. La fe tranquila, sin nubes, del caballero cristiano es el fundamento de su tranquila y serena sumisión a la voluntad de Dios.&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;p  style="color: rgb(0, 0, 0); text-align: justify;font-family:trebuchet ms;"&gt;&lt;span style="font-size:130%;"&gt;El desprecio a la muerte tampoco precede ni de fatalismo ni de abatimiento o embotamiento fisiológico, sino de firme convicción religiosa; según la cual el caballero cristiano considera la breve vida del mundo como efímero y deleznable tránsito a la vida eterna. ¿Cómo va a conceder valor a la vida terrenal quien, por el contrario, percibe en ella un lugar de esfuerzo, un seno de penitencia, un valle de lágrimas, hecho sólo para prueba de la santificación creciente? Así la fe religiosa del caballero cristiano, compenetrada estrechamente con su personal fe y confianza en sí mismo, es la que sirve de base a la virtud de la valentía o del arrojo.&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;p  style="color: rgb(0, 0, 0); text-align: justify;font-family:trebuchet ms;"&gt;&lt;span style="font-size:180%;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;p  style="color: rgb(0, 0, 0); text-align: justify;font-family:trebuchet ms;"&gt;&lt;span style="font-size:180%;"&gt;Altivez contra servilismo &lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;p  style="color: rgb(0, 0, 0); text-align: justify;font-family:trebuchet ms;"&gt;&lt;span style="font-size:130%;"&gt;La combinación de la confianza en sí mismo con la grandeza y el arrojo dan de sí, inevitablemente, la altivez y casi diríamos el orgullo. En esta cualidad el caballero cristiano peca un tanto por exceso -aunque hay casos en que, como dice Aristóteles, es preferible pecar por exceso que por defecto-. El caballero cristiano, huyendo del servilismo, incide gustoso en la altivez. Como no estima ninguna cosa nunca tanto como su propia persona, guardaráse muy mucho siempre de mostrar aprecio a cosas ajenas, de aparecer rendido, obsequioso, y de manifestar que encuentra fuera de sí mismo valores que apeteciera poseer. El caballero, si es rico, se ufana de menospreciar su riqueza; y si es pobre, se ufana de serlo y subraya su pobreza con su altivez. En todo caso el caballero se precia de ser más que de poseer, y opone el desdén a todo oropel adventicio y material.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Esta altivez, en unión con el arrojo, de donde procede, manifiéstase también como afirmación inquebrantable del propósito. El caballero no gusta de componendas, apaños ni medias tintas. Aparece en la vida -y es en verdad- intransigente y a veces terco. Pero es la intransigencia y la terquedad del que se siente llamado a cumplir una misión. Es la intransigencia que abre vía a las iniciativas particulares, individuales. Es la intransigencia fecunda que permite a todo propósito sincero desenvolver su propia esencia hasta el término final y completo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Mas como el caballero funda su acción y su conducta en la alta idea que de sí mismo tiene, resulta que nunca aspira a ser otro que el que es; y si se complace y alegra en el trato de los demás hombres, es sólo en cuanto que son en efecto hombres y caballeros, pero no porque ocupen puestos elevados o sean de categoría o alcurnia superior. Nada más lejos del alma española que el moderno vicio del snobismo. El español no puede ser snob. Tiene de sí harto elevada opinión y tan profunda conciencia de su ser personal, que prefiere ser quien es -por humilde que sea su condición y posición- a incidir en ridículas y serviles actitudes, saliéndose de su media y categoría humana. El español ha sabido realizar con maravillosa naturalidad y sencillez la síntesis más difícil que pueda imaginarse: servir con dignidad, estar en su sitio sin humillación ni vergüenza y desempeñar con desenvoltura y gravedad al mismo tiempo los más humildes menesteres.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Dos matices de conducta completarán el cuadro de la altivez del caballero: el silencio y la grandilocuencia. El caballero castellano es hombre silencioso y aun taciturno, grave en su apostura y de pocas palabras en el comercio común. Pero cuando se ofrece ocasión solemne o momento de emoción punzante, el caballero sabe alzar la voz y encumbrarse a formas superiores de la elocuencia y de la retórica. Gustará, entonces, de hablar en términos escogidos y aun, si se quiere, rebuscados; en los términos que él juzga congruentes con el valor de su persona, pensamiento y voluntad. &lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;p  style="color: rgb(0, 0, 0); text-align: justify;font-family:trebuchet ms;"&gt;&lt;span style="font-size:180%;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;p  style="color: rgb(0, 0, 0); text-align: justify;font-family:trebuchet ms;"&gt;&lt;span style="font-size:180%;"&gt;Más pálpito que cálculo &lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;p  style="color: rgb(0, 0, 0); text-align: justify;font-family:trebuchet ms;"&gt;&lt;span style="font-size:130%;"&gt;Este tipo de hombre, que se precia de llevar dentro de sí el guía certero de su vida por el mundo, ha de tomar sus resoluciones más por obediencia a los dictados misteriosos de esa voz interna, que por estudio prudente de las probabilidades. Hay, en América, una palabra lindísima para expresar lo que quiero decir, la palabra &lt;i&gt;pálpito&lt;/i&gt;. El caballero es hombre de pálpitos más que de cálculos. ¿Imagináis a los conquistadores calculando y computando sabiamente las posibilidades de conquistar Méjico o el Perú? Si tal hubiesen hecho no habrían acometido jamás la empresa, porque el número de probabilidades de fracasar era tan grande y el de triunfar tan ridículamente pequeño, que un cálculo somero bastara para hacerles abandonar el propósito. Pero el caballero cristiano no echa semejantes cuentas; no se pregunta si es fácil, si es difícil y ni aun siquiera si es posible la empresa que tiene ante los ojos. Bástale con que su corazón le mande ejecutarla, para que la acometa, sin detener ni contener su ánimo en el estudio exacto de las probabilidades. Sin duda el caballero fracasa y fenece muchas veces. Pero muchas veces también triunfa por ventura y casi por milagro; y si no fuese por ese arrojo increíble y esa obediencia ciega a los dictados del corazón, la historia no registraría entre sus páginas muchas de las más estupendas hazañas que el género humano ha llevado a cabo.&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;p  style="color: rgb(0, 0, 0); text-align: justify;font-family:trebuchet ms;"&gt;&lt;span style="font-size:130%;"&gt;Esa preferencia del pálpito al cálculo significa en el caballero simplemente la fe inquebrantable en sí mismo y en su destino personal. El caballero cristiano acaricia como supremo ideal de vida el de ser él mismo autor, actor y total responsable de su propia existencia. En dos grupos podrían generalmente dividirse los hombres en lo que al régimen y dirección de la vida se refiere: los que hacen ellos mismos su propia vida y los que la reciben pasivamente ya hecha. Los primeros buscan sus directivas en el fondo de sus propios corazones; actúan de dentro a fuera; influyen sobre el medio y el contorno; imponen a las cosas la huella de su voluntad soberana. Los segundos acatan normas ajenas, a que el medio social u otros individuos les constriñen; viven al dictado; son materia plástica y sumisa. Al primer grupo, sin vacilación alguna, pertenece el caballero cristiano, cuya existencia es una alternativa entre la acción denodada y la abstención orgullosa. El caballero es lo que quiere ser o no es nada. No, empero, consiente transacciones en que su autónoma actividad menoscabe y melle la eficacia de su poder plástico. Hay en el fondo del alma del caballero un residuo indestructible de estoicismo -Seneca era español- que, hermanado íntimamente con el cristianismo, ha enseñado a los hombres de España a sufrir y a aguantar por una parte, a acometer y a dominar por otra. En la historia de nuestra nación hispana adviértese, en efecto, una como oscilación pendular entre el heroísmo y el abstencionismo, entre la hazaña y la inmovilidad, que encuentra bella expresión de sus contrastes en múltiples aspectos de nuestra pintura y de nuestra literatura. Sólo una cosa se mantiene firma: la resolución de no ser vulgar, de ser auténtico, de no sucumbir a la mediocridad de lo común, informe y mostrenco.&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;p  style="color: rgb(0, 0, 0); text-align: justify;font-family:trebuchet ms;"&gt;&lt;span style="font-size:130%;"&gt;Por eso, también -y perdonad esta digresión hacia lo adjetivo- el caballero cristiano es elegante en su porte e indumentaria. La elegancia de los españoles es proverbial desde hace siglos. Ya Baltasar Castiglione la pondera. Nuestro arte la documenta. Y la raíz de esta cualidad vital se encuentra justamente en la acentuación enérgica que el español reclama de su propia autonomía. Al español le preocupa sin duda -y mucho- el que dirán. Pero no lo teme. En la aprobación ajena, que espera y desea, encuentra la confirmación de la valiosa idea que tiene de sí mismo. Pero si lo que hace o dice obtuviere la reprobación ajena, no por eso cambiaría ni su conducta ni la opinión que de sí mismo ha formado. Así las actitudes del caballero, su porte, su indumentaria llevan siempre el sello de la más perfecta desenvoltura y son la expresión más sencilla, directa y espontánea de la seguridad con que su alma siente y piensa. La elegancia del caballero español no consiste ni en el minucioso cuidado del atuendo ni en el aspecto artístico de la indumentaria; estriba toda ella en la perfecta naturalidad, en la adecuación perfecta de lo exterior con lo interior. Dijérase que el vestido cae sobre el español como si perteneciera a su propia esencia, como si fuere la prolongación natural de su alma. En este caso -al parecer nimio- se realiza plenamente el hondo ideal del caballero: que la envoltura exterior sea fiel imagen y producto de la esencia interna.&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;p  style="color: rgb(0, 0, 0); text-align: justify;font-family:trebuchet ms;"&gt;&lt;span style="font-size:180%;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;p  style="color: rgb(0, 0, 0); text-align: justify;font-family:trebuchet ms;"&gt;&lt;span style="font-size:180%;"&gt;Personalidad &lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;p  style="color: rgb(0, 0, 0); text-align: justify;font-family:trebuchet ms;"&gt;&lt;span style="font-size:130%;"&gt;Todas estas cualidades del caballero van, en resumidas cuentas, a parar a una característica fundamental: la afirmación enérgica de la personalidad individual. El caballero español se siente vivir con fuerza; se sabe a sí mismo existiendo como un poder de acción y de creación. El caballero español es regularmente una personalidad fuerte. No cede, no se doblega, no se somete. Afirma su yo con orgullo, con altivez, con tesón; a veces con testarudez. Pero siempre con nobleza; es decir, sobre la base de una honda convicción y de una honrada estimación de la propia valía. Es un carácter enérgico, violento y tenaz; pero noble y generoso. Y así como cultiva en sí mismo las virtudes de la resistencia y de la dureza, así también las admira en los demás. Acaso sea la única cosa ajena que él admira.&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;p  style="color: rgb(0, 0, 0); text-align: justify;font-family:trebuchet ms;"&gt;&lt;span style="font-size:130%;"&gt;Una ilustración del temple acerado con que está hecha el alma del caballero español encuéntrase en los innumerables ejemplos de predominio vital de los españoles y de lo español. En un conjunto de individuos pertenecientes a varias nacionalidades, si uno de ellos es español, raro será que no imponga insensiblemente a los demás sus normas de vida y de conducta; y más raro aún que se deje imponer esas mismas normas por los demás. A lo sumo se segregará del grupo y emprenderá su camino solitario, si la divergencia entre él y los restantes componentes del conjunto se hace muy tirante. Así, por ejemplo, el idioma español cuando entra en contacto con otros idiomas suele desenvolver un extraño poder de prevalencia -o desaparece en seguida y por completo-. Y se da el caso curioso de que los habitantes franceses de la frontera hispanofrancesa entiendan y hablen el español, mientras que los españoles no entienden ni hablan el francés. Hay en lo hispánico -en los hombres, en las costumbres, en todo lo que contenga átomos de espiritualidad- una especie de poderío afirmativo, una capacidad de prevalecimiento, un poder de imperar y sobreponerse, que se refleja en los más menudos rasgos de la vida individual y colectiva.&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;p  style="color: rgb(0, 0, 0); text-align: justify;font-family:trebuchet ms;"&gt;&lt;span style="font-size:130%;"&gt;Se refleja, desde luego, en la preferencia resuelta que los españoles dan a las relaciones reales sobre las relaciones formales. Llamo reales a aquellas relaciones entre los hombres, que se fundan en lo que cada persona es realmente, en lo que uno siente y piensa y en cómo siente y piensa, en lo que uno es y en lo que uno vale. Llamo, en cambio, formales a aquellas relaciones que se basan en la abstracción pura, en el mero «ser ciudadano», o «ser hombre» o «ser prójimo»; es decir, en una simple forma, despojada de toda realidad personal, individual, concreta y reducida a mero concepto del derecho o de la moral. El caballero español no siente y casi no comprende la relación abstracta: por ejemplo, la de ciudadanía pura o la de pura humanidad. Necesita cuanto antes «conocer» al otro, hacerse amigo -o enemigo- del otro; establecer con el otro una relación que se funde en la singular persona del otro y no en su simple carácter de «hombre», o de «ciudadano». Por eso entre españoles el trato puede más que el contrato, y las obligaciones de amistad pesan mucho más que las obligaciones jurídicas.&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;p  style="color: rgb(0, 0, 0); text-align: justify;font-family:trebuchet ms;"&gt;&lt;span style="font-size:130%;"&gt;La virtud de la obediencia -por ejemplo- no será fácilmente practicada por el español cuando el jefe, a quien deba obedecer, no tenga en su persona cualidades reales, individuales, que lo impongan naturalmente como jefe. El español se somete con gusto y entusiasmo a otro yo real, en quien percibe fuerza, energía, poder de mando, dureza y superioridad de carácter. Pero no se inclina ante la autoridad puramente metafísica de un concepto; no se somete a la mera idea jurídica de la soberanía, basada, por ejemplo, en voto o sufragio o procedimiento cualquiera de tipo formalista. Entre españoles manda el que «puede»; no el «elegido» por votación. La ley tiene que ir acompañada de otras fuerzas reales, para que su predominio sea efectivo: prestigio personal, tradición secular, superioridad psicológica, jerarquía religiosa. Pero la simple abstracción legal no tiene acceso en el ánimo de los hispanos, siempre propensos a cotejar toda cosa o idea con la íntima realidad de su propia persona individual.&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;p  style="color: rgb(0, 0, 0); text-align: justify;font-family:trebuchet ms;"&gt;&lt;span style="font-size:130%;"&gt;Esta condición radicalmente individualista -y diríamos realista, si este término no fuera expuesto a confusiones- del caballero cristiano, podría fácilmente dar lugar a una falsa apreciación del carácter español. Adelantémonos, pues, a declarar que el caballero español no conoce el «resentimiento». Es raro, muy raro, que un español sea «resentido». Justamente porque el español tiene una conciencia muy elevada de sí mismo y de su valía -conciencia a veces excesiva y exagerada- no incide con facilidad en la envidia y muda codicia rencorosa de lo ajeno. El resentimiento -como el snobismo- no es vicio español. El resentimiento es defecto natural de almas reptantes o trepadoras. Pero el caballero cristiano podrá caer en cualquiera otra aberración antes que en la bajeza o vileza del espíritu reptil. Lo que sucede es que entre el resentimiento o envidia reprimida y el profundo sentimiento de la propia estimación y superioridad, las diferencias externas, visibles y palpables, son sutiles y no siempre claras. El hombre que tiene de sí mismo una alta idea, un profundo sentimiento, propende naturalmente a no percibir los valores ajenos y aun a menospreciarlos. Ahora bien, precisamente esa actitud de menosprecio a lo ajeno es la que el resentido o envidioso adopta también. La conducta es, pues, la misma en los dos casos. Por eso se explica fácilmente la confusión. Pero la diferencia interna es profundísima. El resentido &lt;i&gt;finge&lt;/i&gt; ese menosprecio, porque &lt;i&gt;siente&lt;/i&gt; su propia inferioridad. El hombre de honda conciencia personal siente de veras ese menosprecio, porque no reconoce nada ni nadie superior a sí mismo. El español, que lleva consigo por el mundo el repertorio personal de sus gustos, de sus preferencias, de sus admiraciones, niégase terminantemente a reconocer valor a todo lo que no coincida con su propia norma. Pero esto, lejos de ser resentimiento, es, por el contrario, la ingenua y a veces pueril manera de manifestar la obstinada afirmación de su índole personal.&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;p  style="color: rgb(0, 0, 0); text-align: justify;font-family:trebuchet ms;"&gt;&lt;span style="font-size:130%;"&gt;Este hermetismo ante la vida puede tener en ocasiones su lado deplorable y aun doloroso. Así, por ejemplo, entre los españoles, el reconocimiento de la superioridad artística, literaria o científica del poeta, del pintor, del pensador, tarda mucho tiempo -a veces mucho más que la vida de un hombre- en expandirse y consolidarse; precisamente porque es difícil forzar la admiración de un hombre que, como el caballero español, está dispuesto de antemano a no admirar. Casos ilustres conoce nuestra historia. Citemos uno solo: Cervantes. Pero este aspecto se compensa por otros favorables del mismo sentimiento. Ese recato, ese retraimiento, ese intimismo del caballero español, imprime, en cambio, a la producciones del arte y de la vida hispanos un peculiar carácter de espontánea sencillez, opuesta a toda convención falsa y vacía. El español -tanto en su arte como en los momentos de su vida- huye siempre de lo resobado, de lo convencional, de lo falso. Podrá ser, a veces, ampuloso y exagerado; pero nunca inauténtico, nunca preparado, aderezado y -para decirlo de una vez- cursi. La poderosa impresionante sinceridad del arte español constituye el anverso del hermetismo y recogimiento del ánimo en la psicología del caballero.&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;p  style="color: rgb(0, 0, 0); text-align: justify;font-family:trebuchet ms;"&gt;&lt;span style="font-size:180%;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;p  style="color: rgb(0, 0, 0); text-align: justify;font-family:trebuchet ms;"&gt;&lt;span style="font-size:180%;"&gt;Culto al honor &lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;p  style="color: rgb(0, 0, 0); text-align: justify;font-family:trebuchet ms;"&gt;&lt;span style="font-size:130%;"&gt;Esa estimación superior que el caballero cristiano concede a su personalidad individual encuentra su expresión y manifestación extrema en el culto del honor. El caballero cristiano cultiva con amoroso cuidado su honra. ¡Como que la honra es propiamente el reconocimiento en forma exterior y visible de la valía individual interior e invisible! El honrado es el que recibe honores, esto es, signos exteriores que reconocen y manifiestan el valor interno de su persona. El mecanismo psicológico del sentimiento del honor consiste -brevemente expresado- en lo siguiente: Entre lo que cada uno de los hombres es realmente y lo que en el fondo de su alma quisiera ser, hay un abismo. Ennoblécese, empero, nuestra vida real por el continuo esfuerzo de acercar lo que en efecto somos a ese ser ideal que quisiéramos ser. En la tierra la limitación humana no permite al hombre realizar la perfección, esto es, la identificación entre el ser real -que efectivamente somos y el ser ideal que quisiéramos llegar a ser; por eso justamente la vida humana consiste en una imitación o recuerdo imperfecto de la vida ideal divino -Imitación de Cristo-. Honra es, pues, toda aquella manifestación externa que alienta al hombre en su afán y propósito de perfección, ocultando en lo posible el abismo entre la maldad real y la bondad ideal, haciendo &lt;i&gt;como si&lt;/i&gt; ese abismo no existiera, &lt;i&gt;como si&lt;/i&gt; cada hombre -mientras no se patentice lo contrario- fuese ya el ser perfecto del ideal, el caballero cumplido. La honra, el honor es, pues, ese reconocimiento externo del valor interior de la persona. En cambio, el menosprecio es todo acto o manifestación externa que hace patente bien a las claras el abismo entre el ser real y el ser ideal perfecto, y que tiene por consecuencia un «menor aprecio» de la persona individual. Puede, pues, una persona deshonrarse o ser deshonrada. Se deshonra cuando es ella misma, por su conducta o sus palabras, la que pone de manifiesto su menor valía, la gran distancia entre el ideal de bondad y la realidad de maldad. Es deshonrada cuando otros, por su conducta o sus palabras, son los que ponen de manifiesto esa menor valía o menor aprecio, el abismo entre la realidad íntima de su persona y el ideal a cuyo servicio está o debe estar.&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;p  style="color: rgb(0, 0, 0); text-align: justify;font-family:trebuchet ms;"&gt;&lt;span style="font-size:130%;"&gt;Siendo esto así, fácil es comprender que la psicología propia del caballero cristiano, su profunda confianza y fe en sí mismo, han de llevarle a consagrar al honor, a la honra, un culto singularmente intenso y profundo. En el caballero el sentimiento del honor se manifiesta de dos maneras complementarias: primero como exigencia de los honores que le son debidos, de los respetos máximos a su persona y función; y segundo, como extraordinario cuidado de mantener ocultas a todo el mundo las flaquezas, las máculas que pueda haber en su ser y conducta. Y de ninguna manera se piense que haya en esto hipocresía. El sentimiento del honor no consiste en que el caballero &lt;i&gt;finja&lt;/i&gt; ser lo que no es; sino en que el caballero, por respeto al ser ideal que se ha propuesto ser, prefiere que las imperfecciones de su ser real permanezcan ocultas en el recato de la conciencia y en el secreto de la confesión. El caballero cristiano se sabe, como todo hombre, caña frágil, expuesta al quebranto del pecado; pero ha puesto su vida al servicio de un elevado ideal humano, y la grandeza de su misión es para él tan respetable que exige la ocultación de las humanas miserias. Las debilidades, los pecados queden entre el caballero, su confesor y Dios; y nadie sea osado de descubrirlos y afrentarle con ellos, pues, entonces, la afrenta recae sobre ese mismo ideal perfecto a que el caballero pecador sirve rendidamente. No hay aquí ni disimulo, ni doblez, ni hipocresía. Recordad, por ejemplo, los grandes dramas del honor en Calderón. Encontraréis, sin duda, hombres terribles y quizá excesivos, hombres que lavan su honra en sangre. Pero ninguno es innoble, hipócrita ni disimulado. En la idea que del honor tiene Calderón -índice en esto de todo el pensamiento castellano-, el honor es «patrimonio del alma»; es decir, la forma con que acatamos y reverenciamos exteriormente nuestra misión ideal, ese «mejor yo» hacia cuya imagen enderezamos los actos todos de nuestro yo real histórico.&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;p  style="color: rgb(0, 0, 0); text-align: justify;font-family:trebuchet ms;"&gt;&lt;span style="font-size:180%;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;p  style="color: rgb(0, 0, 0); text-align: justify;font-family:trebuchet ms;"&gt;&lt;span style="font-size:180%;"&gt;Idea de la muerte &lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;p  style="color: rgb(0, 0, 0); text-align: justify;font-family:trebuchet ms;"&gt;&lt;span style="font-size:130%;"&gt;En la idea que el caballero cristiano tiene de la muerte puede condensarse el conjunto de su psicología y actitud ante la vida. Porque una de las cosas que más y mejor definen a los hombres es su relación con la muerte. El animal difiere esencialmente del hombre en que nada sabe de la muerte. Ahora bien, las concepciones que el hombre se ha formado de la muerte pueden reducirse a dos tipos: aquellas para las cuales la muerte es término o fin, y aquellas para las cuales la muerte es comienzo o principio. Hay hombres que consideran la muerte como la terminación de la vida. Para esos hombres, la vida es esta vida, que ellos ahora viven y de la cual tienen una intuición inmediata, plena e inequívoca. La muerte no es, pues, sino la negación de esa realidad inmediata. ¿Qué hay allende la muerte? ¡Ah! Ni lo saben, ni quieren saberlo; no hay probablemente nada, según ellos; y sobre todo, no vale la pena cavilar sobre lo que haya, puesto que es imposible de todo punto averiguarlo.&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;p  style="color: rgb(0, 0, 0); text-align: justify;font-family:trebuchet ms;"&gt;&lt;span style="font-size:130%;"&gt;El otro grupo de hombres, en cambio, ven en la muerte un comienzo, la iniciación de una vida más verdaderamente vida, la vida eterna. La muerte, para éstos, no cierra, sino que abre. No es negación, sino afirmación, y el momento en que empiezan a cumplirse todas las esperanzas. El caballero cristiano, porque es cristiano y porque es caballero, está resueltamente adscripto a este segundo grupo, al de los hombres que conciben la muerte como aurora y no como ocaso. Mas ¿qué consecuencias se derivan de esta concepción de la muerte? En primer lugar, una concepción correspondiente y pareja de la vida. Porque es claro que, para quien la muerte sea el término y fin de la vida, habrá de ser la vida algo supremamente positivo, lo más positivo que existe y el máximo valor de cuantos valores hay reales. En cambio, el hombre que en la muerte vea el comienzo de la vida eterna, de la verdadera vida, tendrá que considerar esta vida humana terrestre -la vida que la muerte suprime- como un mero tránsito o paso o preparación efímera para la otra vida decisiva y eterna. Tendrá, pues, esta vida, un valor subalterno, subordinado, condicionado, inferior. Y así, los primeros se dispondrán a hacer su estada en la vida lo más sabrosa, gustosa y perfecta posible; mientras que los segundos estarán principalmente gobernados por la idea de hacer converger todo en la vida hacia la otra vida, hacia la vida eterna.&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;p  style="color: rgb(0, 0, 0); text-align: justify;font-family:trebuchet ms;"&gt;&lt;span style="font-size:130%;"&gt;Para el caballero cristiano, la vida no es sino la preparación de la muerte, el corredor estrecho que conduce a la vida eterna, un simple tránsito, cuanto más breve mejor, hacia el portalón que se abre sobre el infinito y la eternidad. El «muero porque no muero» de Santa Teresa expresa perfectamente este sentimiento de la vida imperfecta. En cambio, hay colectividades humanas que han propendido y propenden más bien a hacerse una idea positiva de la vida terrestre. Ven la vida como algo estante, duradero -aunque no perdurable-, que merece toda nuestra atención y todos nuestros cuidados. Estos pueblos, que saben paladear la «douceur de vivre», cuidan bien de aderezar y realzar las formas diversas de nuestra vida terrenal; aplican su espíritu y su esfuerzo a cultivar la vida, convierten, por ejemplo, la comida en un arte, el comercio humano en un sistema de refinados deleites y la hondura santa del amor en una complicada red de sutilezas delicadas. Son gentes que aman la vida por sí misma y le dan un valor en sí misma, y la visten, la peinan, la perfuman, la engalanan, la envuelven en músicas y en retóricas, la sublimizan; en suma, le tributan el culto supremo que se tributa a un valor supremo.&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;p  style="color: rgb(0, 0, 0); text-align: justify;font-family:trebuchet ms;"&gt;&lt;span style="font-size:130%;"&gt;Pero el caballero cristiano siente en el fondo de su alma asco y desdén por toda esta adoración de la vida. El caballero cristiano ofrenda su vida a algo muy superior, a algo que justamente empieza cuando la vida acaba y cuando la muerte abre las doradas puertas del infinito y de la eternidad. La vida del caballero cristiano no &lt;i&gt;vale&lt;/i&gt; la pena de que se la acicale, vista y perfume. No vale nada; o vale sólo en tanto en cuanto que se pone al servicio del valor eterno. Es fatiga y labor y pelear duro y sufrimiento paciente y esperanza anhelosa. El caballero quiere para sí todos los trabajos en esta vida; justamente porque esta vida no es lugar de estar, sino tránsito a la eternidad.&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;p  style="color: rgb(0, 0, 0); text-align: justify;font-family:trebuchet ms;"&gt;&lt;span style="font-size:130%;"&gt;Y así, la concepción de la muerte como acceso a la vida eterna descalifica o desvaloriza, para el caballero cristiano, esta vida terrestre, y la reduce a mero paso o tránsito, harto largo, ¡ay!, para nuestros anhelos de eternidad. Y esta manera de considerar la muerte y la vida viene a dar la razón, en último término, de las particularidades que ya hemos enumerado en el carácter del caballero español. En efecto, un tránsito o paso no vale por sí mismo, sino sólo por aquello a que da acceso. Así, la vida del caballero no vale por sí misma, sino por el fin ideal a cuyo servicio el caballero ha puesto su brazo de paladín. Así, el caballero despreciará como mezquina toda adhesión a las cosas y cultivará en sí mismo la grandeza, o sea la conciencia de su dedicación a una gran obra. Así, el caballero será valiente y arrojado; lejos de temer a la muerte, la aceptará con alegría, porque ve en ella el ingreso en la vida eterna. El caballero no será servil y, antes, pecará por exceso de orgullo que por excesiva humildad; y en la vida, nada, sino su ideal eterno, le parecerá digno de aprecio. El caballero vivirá sustentado en su fe más bien que en los cómputos de la razón y de la experiencia en esta vida. Afirmará su personalidad ideal, la que ha de vivir en lo eterno, ocultando pudorosamente y con vergüenza la individualidad real, manchada por el pecado, que sería deshonroso exhibir. En suma, el caballero cristiano extrae la serie toda de sus virtudes -y defectos- de su concepción de la muerte y de la vida. Porque subordina toda la vida a lo que empieza después de la muerte.&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;p  style="color: rgb(0, 0, 0); text-align: justify;font-family:trebuchet ms;"&gt;&lt;span style="font-size:180%;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;p  style="color: rgb(0, 0, 0); text-align: justify;font-family:trebuchet ms;"&gt;&lt;span style="font-size:180%;"&gt;Vida privada y vida pública&lt;/span&gt;&lt;span style="font-size:100%;"&gt; &lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;p  style="color: rgb(0, 0, 0); text-align: justify;font-family:trebuchet ms;"&gt;&lt;span style="font-size:130%;"&gt;Pero ahondemos algo más en la concepción que de la vida sustenta nuestro caballero cristiano, preguntándonos cómo entiende el conjunto de sus relaciones con los demás hombres. En este punto es esencial el ángulo desde el cual se enfoque la idea de ese trato o relación. La cual puede verificarse entre dos personalidades reales o entre dos personalidades abstractas. En el primer caso, tenemos la relación privada. En el segundo caso, la relación pública. Nuestra vida, en efecto, oscila entre los dos polos extremos de lo absolutamente privado -que es lo más íntimo y personal mío, mi soledad- y de lo absolutamente público -que es lo que no me pertenece ni a mí ni a ningún sujeto en particular-. Entre esos dos polos, los varios momentos de la vida se agrupan, según se aproximen más al uno que al otro. Así, las relaciones conmigo mismo, con las personas de mis familias, con mis amigos, con mis conocidos, pertenecen al hemisferio de lo privado; porque las personas que entran en ellas tienen necesariamente que conservar en ellas sus peculiaridades reales, individuales. En cambio, las relaciones que mantengo con desconocidos, pertenecen al hemisferio de lo público; porque las personas, al entrar en ellas, se han despojado previamente de todas sus peculiaridades reales, para reducirse estrictamente a una mera función abstracta. El trato entre amigos supone que el uno sabe del otro no sólo que uno y otro son seres humanos, sino qué seres humanos son. El trato con un transeúnte, con un funcionario, con un empleado de Banco, &amp;c., no supone, en cambio, nada más sino que el uno sabe del otro que es ciudadano, transeúnte, funcionario, empleado de Banco, es decir, puras abstracciones funcionales. Lo que distingue a un funcionario de otro -el llamarse Pedro o Juan, el tener tales o cuales aficiones, tales parientes y amigos, tales cualidades personales, tanta o cuanta ciencia, &amp;amp;c., &amp;c.- no entra para nada en la relación pública. En cambio, constituye el contenido esencial de la relación privada. La relación pública es, pues, tanto más pública cuanto más vacía de contenido real están las abstracciones humanas que en ella se relacionan. La relación entre dos seres humanos, que en absoluto se desconocen, es más pública que entre dos ciudadanos que se saben conciudadanos; y ésta es más pública que entre dos conciudadanos que se saben colegas; y ésta más pública que entre dos colegas que se saben paisanos. Y así, la relación irá perdiendo el carácter de pública conforme vayan siendo más abundantes en ella los elementos de mutuo conocimiento. Llegará a tener carácter de privada cuando los elementos mutuamente conocidos den ya el tono fundamental a la relación; que irá siendo tanto más privada cuanto más íntimos, individuales, singulares e incomparables sean los elementos de mutuo conocimiento. En el ápice de la vida privada está la relación que yo mantengo conmigo mismo; en donde la intimidad es absoluta y el conocimiento de lo individual es completo y total.&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;p  style="color: rgb(0, 0, 0); text-align: justify;font-family:trebuchet ms;"&gt;&lt;span style="font-size:130%;"&gt;De aquí, empero, se deduce inmediatamente que cada uno de nosotros, puesto que tiene esas dos vidas, la pública y la privada, ofrece a los demás humanos dos aspectos, o mejor dicho, dos personalidades: la pública y la privada. Pero entre estas dos personalidades hay una diferencia fundamental. La personalidad pública está hecha de ideas, pensamientos, conocimientos, acciones, reacciones, &amp;c., que, en rigor, no me pertenecen a mí, sino a la función abstracta -ser humano, ciudadano, funcionario- que estoy desempeñando. En la relación pública no soy &lt;i&gt;yo&lt;/i&gt; el que piensa, siente y actúa, sino ese ser humano, ese funcionario, ese ciudadano, cuyo papel estoy desempeñando. Mas como lo mismo exactamente puede decirse de cualquier otro hombre, resulta entonces que «nadie» es el funcionario, el ciudadano; resulta que esa personalidad pública pertenece a todos y a ninguno, y es una personalidad mostrenca, irreal, pura forma o ficción del pensamiento jurídico formalista. Conclusión: que la personalidad privada es la única auténtica y real, y que la pública no significa sino la unidad abstracta de un cierto número de convenciones y de formas pertenecientes a todos y a ninguno; es decir, en realidad, a nadie.&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;p  style="color: rgb(0, 0, 0); text-align: justify;font-family:trebuchet ms;"&gt;&lt;span style="font-size:130%;"&gt;Nuestra conducta, empero, se rige por leyes. Estas leyes o normas, ¿de dónde proceden? Unas proceden del poder soberano, que las impone a toda la colectividad; son las leyes promulgadas debidamente y de obediencia obligatoria. Su infracción está sancionada por el poder público. Otras proceden del conjunto viviente de la comunidad; son costumbres, opiniones, reacciones, modos de conducta que se sustentan sobre el sentir general y reciben la sanción difusa de la sociedad. Otras, en fin, proceden de nosotros mismos; son leyes que nosotros nos damos a nosotros mismos; son normas de conducta que extraemos cada uno de nosotros de nuestra propia conciencia. Ahora bien, si consideramos lo anteriormente dicho, es claro que las dos primeras clases de leyes son leyes públicas. La tercera especie de leyes es, en cambio, ley privada. Así, pues, la ley pública rige para todos los hombres considerados en su personalidad pública; es ley de todos -y de nadie-; vale para esa pura «forma» irreal que llamamos la vida pública. En cambio, la ley privada vale para la persona privada, es decir, para la persona real, íntima, para cada persona individual, en la intimidad profunda de su ser auténtico.&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;p  style="color: rgb(0, 0, 0); text-align: justify;font-family:trebuchet ms;"&gt;&lt;span style="font-size:130%;"&gt;Pero hay épocas en la historia y hay pueblos o naciones que dan a su vida general un tinte preferentemente público o predominantemente privado. Uno de los rasgos que más ampliamente imprimen carácter en la fisonomía de un pueblo o de una época es, justamente, el predominio de la vida pública sobre la privada o de la vida privada sobre la pública. Nuestra época actual, desde 1850, propende a reducir al mínimum la vida privada, concediendo, en cambio, un amplísimo margen a la vida pública. Un sinnúmero de relaciones que antes eran privadas -individuales o familiares- se han convertido hoy en públicas-sociales. Puede decirse, en general, que en nuestra época la vida pública tiende a absorber la vida privada. En cambio, la época histórica llamada Edad Media se caracteriza esencialmente por el gran predominio de lo privado sobre lo público; la mayor parte de las relaciones humanas en esa época medieval propenden a constituirse como relaciones personales privadas, de hombre real a hombre real. Por eso, el proceso de «modernización», el paso de la Edad Media a la época actual, se señala por la «publificación» -perdónese el algo bárbaro neologismo- de la vida; es decir, por la creciente e incesante conversión de lo privado en público. Los historiadores de la Revolución francesa usan, para señalar esta conversión o paso hacia lo público, una palabra muy expresiva: abolición de los privilegios.&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;p  style="color: rgb(0, 0, 0); text-align: justify;font-family:trebuchet ms;"&gt;&lt;span style="font-size:130%;"&gt;Privilegio significa, en efecto, ley privada. La abolición de los privilegios es, efectivamente, la conversión de las leyes privadas en leyes públicas; es justamente ese proceso histórico que hemos llamado «publificación» de la vida. La época actual representará en la historia del mundo los antípodas de la Edad Media. Pero el ideal del caballero cristiano está, como hemos visto, arraigado en la confianza en sí mismo, en la afirmación de la personalidad propia -de la personalidad real, efectiva, no la jurídica y formal-. Esto quiere decir que el caballero percibe la vida colectiva preferentemente bajo el ángulo de la relación privada. El caballero camina por el mundo sin más norma que su ley propia, su ley privada, su «privilegio». A esta ley particular, inscrita en su pecho y mantenida por su brazo, obedece únicamente el caballero, y a ella somete uno tras otro los casos que en el mundo se le presentan; y en ella vacía sus relaciones con los demás hombres. El caballero hace justicia; pero la ley de esa justicia caballeresca no está escrita en códigos ni en seculares costumbres de la sociedad, sino en la conciencia del justiciero mismo. El caballero se vincula por lazos de amistad, conoce a los hombres, los trata, convive con ellos; pero no como frías abstracciones del derecho político o del código civil, sino como cálidas realidades de amor y de dolor. Las relaciones entre los caballeros son esencialmente las que hemos llamado privadas; fúndanse exclusivamente en lo que cada uno es y vale en realidad; nacen del ser individual y conforman la vida de dentro a fuera, de manera que la vida viene a tener la forma que su esencia íntima reclama. Al caballero cristiano le es, en el fondo de su alma, profundamente antipático todo socialismo, o sea, la tendencia a vaciar en moldes de relación y vida públicas lo que por esencia constituye el producto más granado de la persona particular, real y viviente. Para el caballero cristiano, la justicia es un modo inferior de la caridad; y la más sagrada obligación es la que libremente se impone el hombre a sí mismo; como el más intangible derecho es el que cada cual, por su propio esfuerzo, mérito o valor, llega a conquistarse para sí y los suyos.&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;p  style="color: rgb(0, 0, 0); text-align: justify;font-family:trebuchet ms;"&gt;&lt;span style="font-size:130%;"&gt;En esta concepción de la vida como vida privada, hay, sin duda, hoy, cierto anacronismo. Pero no sabemos si por retraso o por adelanto. Algunas de las consecuencias que de esta concepción se derivan, cuentan entre las naciones más adelantadas del momento actual. La hostilidad profunda del caballero español a todo formalismo falso, se compadece mal, claro está, con eso que se ha llamado democracia y con la ridícula farsa del parlamentarismo. El caballero no puede ser demócrata ni parlamentario. Estas dos formas de relación son el prototipo justamente de eso que hemos llamado «publificación de la vida». He aquí que se atribuye soberanía y mando, no al o a los que más valen y pueden y saben, sino a los «elegidos» por sufragio. La falsedad es tan patente, que llega a ser irritante. La competencia, la capacidad, la valía personal son sustituidas por una designación hija del soborno material o espiritual, por un nombramiento que se encomienda -locura insigne- a la masa irresponsable, caprichosa e irracional. A tal y tan absurda consecuencia tenía que llegar una doctrina que empieza por escamotear la realidad de cada hombre, para substituirla por la abstracción irreal de los «ciudadanos», todos iguales entre sí. Mas para que dos hombres sean entre sí iguales, claro está que hay que empezar por despojarlos de todo lo que cada uno de ellos &lt;i&gt;es en realidad&lt;/i&gt; y reducirlos así a la mera función abstracta de los conceptos. Aquí tocamos, por decirlo así, con la mano la diferencia radical que existe entre la personalidad privada y la personalidad pública; y vemos, por decirlo así, con nuestros propios ojos la realidad de aquélla y la abstracción irreal de ésta. El caballero cristiano no podrá jamás comprender la idea del contrato social, ni la lista de los derechos del hombre y del ciudadano.&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;p  style="color: rgb(0, 0, 0); text-align: justify;font-family:trebuchet ms;"&gt;&lt;span style="font-size:130%;"&gt;Por eso, en el fondo, el pueblo español ha sido siempre rebelde a ese tipo de normas o leyes que se fundan en abstracciones puramente doctrinales. Durante el siglo XVIII, y más aún, durante el XIX, España se aparta de la marcha que el mundo emprende hacia una concepción racionalista de la vida. El aislamiento español durante esos siglos consistió precisamente en eso. El ideario profundo de España repugnaba esas formas de vida pública. Y justamente la reaparición de la España actual en el gran escenario del mundo histórico, coincide con un instante de profunda crisis, en que ya se ven despuntar concepciones nuevas y más congruentes con el sentido realista de la hispanidad eterna.&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;p  style="color: rgb(0, 0, 0); text-align: justify;font-family:trebuchet ms;"&gt;&lt;span style="font-size:130%;"&gt;Ahora bien, esta preferencia de la vida privada -de la &lt;i&gt;lex privata&lt;/i&gt;- sobre la pública, tiene, por otra parte, algunos inconvenientes. Es innegable, por ejemplo, la imperfección de que siempre han adolecido en España aquellas formas de vida que indispensablemente tienen que ser públicas. Así, en épocas normales, España es un país difícil de gobernar; porque obtener la obediencia a la ley no es fácil en un pueblo para quien la ley no es lo supremo, ni la vida pública la más alta norma. Cada español propende un poco a considerarse, en efecto, como «privilegiado» y exento. Pues, ¿qué tiene que ver con Don Quijote la Santa Hermandad? En cambio, cuando en algún momento punzante de la historia las circunstancias aprietan a España y a los españoles, entonces, ¡qué magníficos ejemplos de cohesión, de heroica abnegación y de disciplinada eficacia! Entonces, la ley privada de cada español coincide y armoniza con la de todos los demás, y se produce el caso de un país entero alzado en suprema tensión, para afirmarse radicalmente contra la amenaza a su nacionalidad.&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;p  style="color: rgb(0, 0, 0); text-align: justify;font-family:trebuchet ms;"&gt;&lt;span style="font-size:130%;"&gt;También en el orden de la vida artística y personal produce sus efectos esta preferencia de lo privado sobre lo público. El caballero cristiano propende un poco a recluirse en su soledad. Si Don Quijote no hubiese muerto, al curarse de su locura se habría hecho fraile. Y no sería superfluo dedicar algunas meditaciones al estudio del solitarismo en nuestra literatura y en nuestro arte. Acaso resultaran, de este estudio, conclusiones bien interesantes; por ejemplo, lo poco que el escritor español lee a los demás escritores de su tiempo, y, por consiguiente, la escasa influencia que &lt;i&gt;in concreto&lt;/i&gt; ejercen unos sobre otros. El arte y la literatura de nuestro país gustan de los grandes genios solitarios y aislados, hitos magníficos sin escuela ni secuela. Y en sus producciones, esos genios de España afirman en todo y por todo el intimismo, la personalidad privada, el realismo del caballero. Nuestro arte penetra en el interior de las cosas; es arte del «dentro», no arte del «fuera». Nuestro realismo es la afirmación de lo individual, de lo estrictamente singular, de lo que, más que cualquier otra cosa, merece la denominación de «ser substancial y real». Nuestro arte huye de la abstracción, de los convencionalismos, que ocultan la auténtica y verdadera realidad. Nuestros pintores no pintan ni ideas, ni conceptos; pintan individuos reales, en un momento real de su vida. Nuestros escultores no esculpen «la virgen» o «el santo», sino &lt;i&gt;esta&lt;/i&gt; virgen concreta y &lt;i&gt;este&lt;/i&gt; santo real. Y, para ellos, la divinidad de Jesucristo está tan íntimamente unida con su real humanidad, que ningún crucifijo del mundo puede parangonarse con los nuestros en conmovedora y apasionada concreción humana.&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;p  style="color: rgb(0, 0, 0); text-align: justify;font-family:trebuchet ms;"&gt;&lt;span style="font-size:130%;"&gt;Ha habido en la historia de Europa una época en la cual la organización de la sociedad estaba fundada esencialmente sobre la realidad personal y efectiva de los hombres, sobre la ley privada o privilegio. Esa época se ha llamado feudalismo. En el período feudal de nuestra historia europea, la vida era -contrariamente a lo que es hoy- sobre todo vida privada. La mayor parte de las relaciones humanas habíanse vaciado en el molde de la relación personal, particular. Pues bien, yo diría que, por naturaleza propia, el caballero cristiano propende al feudalismo. El alma española obedece a preceptos reales más gustosamente que a leyes formales y abstractas; antepone la amistad a la juridicidad; la caridad a la obligación; el valor personal al derecho; la vida privada a la pública. Pero el feudalismo ha desaparecido del mundo hace ya muchos siglos. ¿Se dirá entonces que el caballero español es, en el fondo de su corazón, retrógrado y reaccionario? No. De ninguna manera.&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;p  style="color: rgb(0, 0, 0); text-align: justify;font-family:trebuchet ms;"&gt;&lt;span style="font-size:130%;"&gt;¿Qué significa eso de retrógrado o reaccionario? Evidentemente, esta palabra designa la condición espiritual de quienes anhelan retraer la vida a algún momento ya pretérito de la historia. Pero eso no es posible. La historia no vuelve jamás sobre sus pasos, y, en realidad, nadie puede ser reaccionario si se da cuenta exacta del sentido de esta palabra. Pero si la historia no vuelve jamás sobre sus pasos, es lo cierto, sin embargo, que los pasos de la historia materializan o concretan o singularizan, por decirlo así, un cierto repertorio fijo y determinado de aspiraciones eternas humanas. Cada época de la historia realiza en una modalidad o forma particular unas cuantas actitudes fundamentales del hombre. El feudalismo del siglo XIII fué un modo especial y concreto de dar forma plástica al ideal de la vida privada; como el democratismo socializante de 1890-1930 ha sido un modo especial y concreto de dar forma plástica al ideal de la vida pública. Pero los ideales humanos no caducan, aunque hayan caducado las formas que hubieron de asumir concretamente en los períodos históricos anteriores. Y muchos síntomas de la época presente parecen indicar que la humanidad está quizá llegando ya al punto de saturación de vida pública. Ha de venir pronto un momento en que la actitud humana comience a cambiar; un momento en que los hombres se sientan más atraídos por la vida íntima, privada, personal; un momento en que las relaciones y organizaciones busquen sus fundamentos en las realidades personales, en vez de buscarlos en las formas vacías de los conceptos racionales. Entonces surgirán nuevas maneras de organizar y realizar el ideal de la vida privada. El feudalismo desaparecido fué uno de los múltiples modos posibles de manifestarse ese ideal eterno. El feudalismo no puede retornar. Pero el ideal de la vida privada buscará y encontrará formas nuevas para su manifestación concreta. La civilización humana volverá a pasar por una especie de Edad Media. Claro está que en la historia no hay regresos ni retrocesos. Pero también sería erróneo representarse la historia como una línea recta tendida siempre en la misma dirección; más exacto fuera imaginarla a modo de espIral, cuyos amplios giros pasaran una y otra vez -bien que en planos totalmente diferentes- por ciertos ejes ideales, que serían como las categorias permanentes de la vida humana.&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;p  style="color: rgb(0, 0, 0); text-align: justify;font-family:trebuchet ms;"&gt;&lt;span style="font-size:130%;"&gt;El caballero español expresa y representa una de esas categorías, que en la historia obtuvo ya varias veces plena realización -por ejemplo, una vez en la Edad Media europea-. Representa una concepción de la vida basada en el predominio de la realidad sobre la abstracción, del ser individual sobre la definición racional, de la persona sobre la especie, de lo privado sobre lo público. Es muy posible -y aun muy probable- que este modo de enfocar la vida vuelva otra vez a prevalecer en la historia próxima del hombre. Sin duda, ya no será con las formas del siglo XIII; no será en la concreta modalidad del feudalismo medieval. Pero en formas que aun no sospechamos y con caracteres que no podemos ni vislumbrar, la afirmación de la vida peculiar y privada sobre la vida genérica y abstracta constituirá la esencia de la nueva organización humana. Y, entonces, el caballero español, el caballero cristiano, cuya concepción de la vida es justamente ésa, oirá sonar otra vez su hora en el reloj de la historia. El sentido hispánico de la vida puede ser muy bien el que, de nuevo, dé la pauta al mundo.&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;p  style="color: rgb(0, 0, 0); text-align: justify;font-family:trebuchet ms;"&gt;&lt;span style="font-size:180%;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;p  style="color: rgb(0, 0, 0); text-align: justify;font-family:trebuchet ms;"&gt;&lt;span style="font-size:180%;"&gt;Religiosidad del caballero &lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;p  style="color: rgb(0, 0, 0); text-align: justify;font-family:trebuchet ms;"&gt;&lt;span style="font-size:130%;"&gt;No es posible poner término a esta conferencia sin intentar -aunque sea superficialmente- caracterizar en sus grandes rasgos la religiosidad peculiar del caballero cristiano. Porque el caballero cristiano es esencialmente religioso. Lo es de modo tan profundo y auténtico, que, en efecto, el serlo constituye una de sus características radicales, y resulta imposible separar y discernir en él la religiosidad y la caballerosidad. Y no podía por menos de ser así. En la psicología del pueblo español, la fe religiosa, cristiana católica, está tan indisolublemente unida y fundida con el sentimiento nacional, que no le es nada fácil al español ser español y no ser cristiano. ¡Como que el pueblo español se ha forjado en la lucha por salvaguardar su fe, en la preocupación secular de mantener su fe frente al invasor musulmán! La nacionalidad española, el «estilo» hispánico, ha tenido que afirmarse y consolidarse desde un principio, y a lo largo de muchos siglos, justamente en y por la negación de lo no-español. Mas como lo no-español era principalmente lo musulmán, lo español hubo necesariamente de identificarse, desde luego, con lo cristiano, y la hispanidad con la cristiandad.&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;p  style="color: rgb(0, 0, 0); text-align: justify;font-family:trebuchet ms;"&gt;&lt;span style="font-size:130%;"&gt;Pero no basta decir que el caballero español es esencialmente religioso; hace falta, además, caracterizar un tanto en qué consiste esa religiosidad. Para resumir brevemente mi pensamiento, condensaré en tres formas principales el carácter de la religiosidad española.&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;p  style="color: rgb(0, 0, 0); text-align: justify;font-family:trebuchet ms;"&gt;&lt;span style="font-size:130%;"&gt;La primera es la confianza ilimitada en Dios y su providencia. El caballero español fía fundamentalmente en Dios. Por eso es paladín de grandes causas; por eso menosprecia la mezquindad y cultiva la grandeza; por eso antepone el arrojo a la timidez y la resolución heroica a la lenta ejecución prudente; por eso, en suma, quiere en todo momento hacer él la vida y la historia, en vez de ser hecho por la vida y por la historia. Frente al fatalismo oriental o al determinismo racionalista, el caballero opone su propio poderío ejecutivo, pero fundado sobre la confianza omnímoda en la asistencia de Dios.&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;p  style="color: rgb(0, 0, 0); text-align: justify;font-family:trebuchet ms;"&gt;&lt;span style="font-size:130%;"&gt;La segunda forma o modalidad de la religiosidad hispánica consiste en el peculiar matiz que la fe tiene en ella. La fe constituye el centro, el eje en torno del cual gira todo el pensamiento y sentimiento religioso. En dos sentidos: como sólido fundamento de todo lo demás y como inequívoca certidumbre de sí misma. Otras almas religiosas conocen las tormentas terribles del corazón y son escenario de dramáticas, de angustiosas luchas entre la voluntad de creer y las acometidas de la duda. Pero la fe del caballero español no sufre jamás de tales vacilaciones y congojas. Es una fe tan segura de sí misma, que ni necesita ni teme las razones. Es, por decirlo así, previa a la razón; más honda que la razón, y arraigada tan en el centro del ser, que su pérdida equivaldría a la destrucción del ser mismo. Es una fe pura, como el puro azul del cielo, sin nubes de duda que la empañen; y tan certera y entera, que podría decirse, en cierto modo, que todo el edificio o estructura de la religiosidad hispánica empieza en la fe y sobre la fe, no antes de la fe; y se desenvuelve a partir de la fe, no como puntal para asegurar la fe. En este carácter del sentimiento religioso español encontraríase seguramente el origen de otros muchos matices propios y peculiares.&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;p  style="color: rgb(0, 0, 0); text-align: justify;font-family:trebuchet ms;"&gt;&lt;span style="font-size:180%;"&gt;Impaciencia de eternidad &lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;p  style="color: rgb(0, 0, 0); text-align: justify;font-family:trebuchet ms;"&gt;&lt;span style="font-size:130%;"&gt;La tercera forma en que se determina la estructura del sentimiento religioso español es algo que yo llamaría «impaciencia de la eternidad». ¡Impaciencia de la eternidad! ¿Qué quiere decir esto? Quiere decir que el caballero cristiano siente en su alma un anhelo tan ardoroso de eternidad, que no puede ni esperar siquiera el término de la breve vida humana; y «muere porque no muere». Quisiera estar ya mismo en la gloria eterna; y si no fuera pecado mortal, poco le faltaría para suicidarse. Ahora bien, esta premura le conduce a una consideración de los hechos y de las cosas, que es bien típica y característica de su modo de ser. Consiste en poner cada acto y cada cosa en relación inmediata y directa con Dios. Otros tipos humanos consideran y determinan cada cosa y cada acto en relación con la cosa siguiente y el acto siguiente. Construyen así una curva de la vida, una especie de parábola, en donde los hechos y momentos se integran, formando un conjunto singular, personal, individual, la vida histórica de un hombre. Y cabe entonces proponer, como ideal de vida, ese ideal de una «vida bella» que Goethe, el gran pagano, encomiaba y quiso realizar. Pero el caballero español, que tiene mucha prisa por estar en Dios y con Dios y siente insaciable afán de eternidad y quiere la eternidad ya mismo, ahora mismo, procederá en la vida de muy distinto modo. No colocará los actos y las cosas en relación con los siguientes, para tenderlos a lo largo del tiempo en una curva plástica o estética, sino que querrá poner cada acto y cada cosa en relación directa e inmediata con Dios mismo; querrá «santificar» su vida santificando uno por uno cada acto de su vida; querrá vivir cada momento «como si» ya perteneciese a la eternidad misma; querrá «consagrar» a Dios cada instante por separado, precisamente para descoyuntarlo de todo sentido y relación humanos y henchirlo, desde ahora mismo, de eternidad divina.&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;p  style="color: rgb(0, 0, 0); text-align: justify;font-family:trebuchet ms;"&gt;&lt;span style="font-size:130%;"&gt;Para satisfacer esta su impaciencia de la eternidad, el caballero español necesita, empero, abolir toda distancia entre el ser temporal y el ser eterno. Necesita unir indisolublemente su vida personal con Dios. Y esto, de dos maneras complementarias: viendo, percibiendo, descubriendo a Dios en cada uno de los momentos y hechos de su vida terrestre; y, por otra parte, encumbrando hasta Dios, hasta la eternidad de Dios, cada uno de esos momentos y hechos. ¡Doble movimiento del misticismo hispánico, que descubre al Señor en los «cacharros» y sabe elevar hasta Dios los repliegues más humildes de la realidad humana! Así, más o menos vagamente, la conciencia religiosa del caballero concibe la gloria eterna no tanto como una recompensa que ha de merecer, sino más bien como un «estado» del alma, al cual desde ya mismo puede por lo menos aspirar. Al «muero porque no muero» hay que añadir el «no me mueve mi Dios para quererte». La vida terrestre se le aparece al caballero como una especie de anticipación de la gloria eterna; o mejor dicho: el caballero se esfuerza por impregnar él mismo de gloria eterna su actual vida terrestre -tal y tanta es la premura, la impaciencia que siente por estar con Dios-. A diferencia de otras almas humanas, que aspiran a lo infinito por el lento camino de lo finito, el caballero cristiano español anhela colocarse de un salto en el seno mismo de la infinita esencia.&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;p  style="color: rgb(0, 0, 0); text-align: justify;font-family:trebuchet ms;"&gt;&lt;span style="font-size:130%;"&gt;Y si meditáis, señoras y señores, esta condición espiritual del sentimiento religioso español, fácilmente encontraréis en ella la raíz más profunda de todas las demás propiedades que hemos señalado en el caballero cristiano, o, lo que es lo mismo, en el estilo español. Porque es cristiano, y porque lo es con ese dejo o rasgo profundo que llama impaciencia de la eternidad, es por lo que el hispánico es caballero y todo lo demás. Dijérase un desterrado del cielo, que, anhelando la infinita beatitud divina, quisiera divinizar la tierra misma y todo en ella; un desterrado del cielo, que, sabiendo inmediatamente próximo su ingreso en el seno de Dios, renuncia a organizar terrenalmente esta vida humana y se desvive por anticipar en ella los deliquios celestiales. La impaciencia de la eternidad, he aquí la última raíz de la actitud hispánica ante la vida y el mundo. Mientras prepondere entre los hombres el espíritu racionalista de organización terrestre y el apego a las limitaciones; mientras los hombres estén de lleno entregados a los menesteres de la tierra y aplacen para un futuro infinitamente lejano la participación en el ser absoluto, la hispanidad desde luego habrá de sentirse al margen del tiempo, lejos de esos hombres, de ese mundo y de ese momento histórico. Pero cuando, por el contrario, el soplo de lo divino reavive en las almas las ascuas de la caridad, de la esperanza y de la fe; cuando de nuevo los hombres sientan inaplazable la necesidad de vivir no para ésta sino para la otra vida, y sean capaces de intuir en esta vida misma los ámbitos de la eternidad, entonces habrá sonado la hora de España otra vez en el reloj de la historia; entonces, la hispanidad asumirá otra vez la representación suprema del hombre en este mundo, y sacará de sus inagotables virtualidades formas inéditas para dar nueva expresión a los inefables afanes del ser humano.&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;p  style="color: rgb(0, 0, 0); text-align: justify;font-family:trebuchet ms;"&gt;&lt;span style="font-size:130%;"&gt;Manuel García Morente&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/819452701281744-1853486824173969135?l=caballerocristiano.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://caballerocristiano.blogspot.com/feeds/1853486824173969135/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=819452701281744&amp;postID=1853486824173969135' title='37 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/819452701281744/posts/default/1853486824173969135'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/819452701281744/posts/default/1853486824173969135'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://caballerocristiano.blogspot.com/2007/03/caballero-cristiano-por-manuel-garca.html' title='El Caballero Cristiano por Manuel García Morente'/><author><name>Espada de Roma</name><uri>http://www.blogger.com/profile/04448490275938530117</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='25' height='32' src='http://3.bp.blogspot.com/_Nwz-Rq7ooZk/Sv7heYf5b0I/AAAAAAAAAFs/-KRy3v7Rul4/S220/San+Miguel+Arc%C3%A1ngel.jpg'/></author><media:thumbnail xmlns:media='http://search.yahoo.com/mrss/' url='http://1.bp.blogspot.com/_Nwz-Rq7ooZk/RfqMLpS2rgI/AAAAAAAAAAM/MDkFvBww1hY/s72-c/manuelgarciamorente.jpg' height='72' width='72'/><thr:total>37</thr:total></entry></feed>
